Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

viernes, 3 de febrero de 2012

Todo habitaba en él.



Graciosamente se encontraba muerto desde mucho antes de que llegara la ambulancia. Desde mucho antes de que le viera tendido un pobre borracho confundido. Desde antes de que la noche arropase los techos hundidos de la calle agolpada de pancartas y ruido. Se encontraba muerto desde antes del alba dorada, del rojo sopor del motor que pasaba en la madrugada anunciando que eran las seis. Incluso me atrevería a afirmar que se encontraba muerto desde mucho antes que eso. Tal vez cuando la caravana pasó agitando sus camellos, envolviendo sus pisadas en cuero y yeso y ocultándose en arena de lata. O antes aún, cuando galopante el caballero caballo reposaba en la aurora mojada. Hubo muchos que le vieron y otros que imaginaron verlo.

En realidad fue ayer, justamente ayer, antes del arribo ambulante, del seco visitante que murmuraba clementes burbujas de alcohol; antes de la calle agolpada de techos hundidos y de la noche y el alba dorada. Calló como caen las hojas otoñales: sin prisa y con una elegancia sin gravedad que, por más que la vemos y recordemos, siempre parece nueva. Y cuando calló se perdió entre plumas de ganso que no estaban y, mudo, falleció.

Así fue como pasó, en un tiempo antes del tiempo de hoy, con caballos y camellos y sin ruido. Con una triste canción que sólo él oía y que egoístamente jamás compartió, pero gracias a que todo lo recuerdo, al menos pueden saber que existió algo oculto y magnífico.

Conocemos por tanto la historia del pasado compungido, atrayente y colorido y (a veces) sin color. No es extraño que mencione a los camellos que agitaba en sus cabellos, ni al caballero que era su propio caballo y que en sus sueños galopaba y se perdía, y se perdió. Todo habitaba en él y todo, al caer, calló y se quebró para nunca más reconocerse.
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