Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

sábado, 5 de enero de 2013

Luna de Plata.

Sobre una montaña enhiesta que se yergue como una gran nariz puntiaguda habitaba un dragón de escamas plateadas y resplandecientes, reposando sus eternos días, compartiendo el viaje del tiempo, sabiendo que todo por debajo de sí le pertenece.

Con ojos que ven más allá que ojos de elfo, observó a las pequeñas criaturas que dejaba poblar su mundo, construir palacios, derrumbarlos y volver a construirlos, en un ciclo humano e interminable. Vio bosques desaparecer y reaparecer, consumiendo todo vestigio dejado por aquellos pálidos intrusos y cargarlo de su propia estética y color. Vio pueblos en llamas refulgir como estrellas en noches frías de ónice, como ébano y luna de marfil. Vio, por eones, líneas dibujadas que sólo las lograban ver los hombres y que separaban sus hogares con recelo y desconfianza. Todo eso vio en un ciclo infinito, como él mismo, e incluso pudo verlo en otras realidades, en mundos de espejo, en nubes ardientes de carbón; pues era una criatura más que material y las barreras y puertas no podían detenerla, fueren cuales fueren.

Luna de Plata, como solían llamarlo las piadosas, era el último de su clase sobre una tierra dominada y limitada por la ciencia y al mismo tiempo la ignorancia, donde los seres como él perdían su fuerza y caían por el velo de la realidad a otros mundos más arcanos, de sueños primitivos y místicos. Pero no Luna de Plata, pues entendía que los reyes no abandonaban sus reinos. 

Aún recuerda él cuando los bosques estaban plagados de sueños andantes, llevando su esencia por los confines del mundo, siendo parte de él. Ahora sus memorias son el único vestigio de aquel reino mágico que olvidó a su soberano.

Pero nadie recordaba más que Luna de Plata, todas sus escamas guardaban el último atisbo de magia del mundo, una magia que muchos pensaban ya estaba extinta.

Y así era como, a kilómetros de aquella montaña casi infranqueable, un reino corrompido por la avaricia de los hombres discutía el destino de lo que sería el mundo que consideraban suyo. Éste había sido próspero y bueno con sus habitantes, pero pronto se verían enfrascados en una difícil tarea. El rey y sus consejeros temían a lo que desconocían; a lo que podría ser una amenaza para sus planes... Así, iniciaron una intensa campaña, ofreciendo grandes riquezas y honores a quien pudiera exterminar al último dragón: el último despojo del viejo mundo y el último obstáculo para el reinado de los hombres.

Las propagandas iniciaron exponiendo los grandes premios que recibiría el asesino de dragones... pero a la larga se convirtieron en excusas sensacionalistas, en mentiras sobre una maldad que Luna de Plata no poseía, de princesas raptadas y devoradas, y madres de oro y riqueza esperando al valiente héroe que pudiera exterminar a la bestia. Hablaban de fauces carmesí por la sangre de los inocentes, de que era un demonio en la tierra, de su apetito por los bebés recién nacidos e incluso cotejaban una supuesta relación entre el mal tiempo, la mala cosecha y la cercanía de "el demonio blanco". Pero la realidad es que aquel dragón, por más peligroso que se viera, no dejaba su montaña, no buscaba princesas ni oro ni devoraba bebés ni era un demonio... Luna de Plata tan solo quería preservar lo que representaba su existencia y no necesitaba nada más que eso.

De todas formas se vio atacado, una y otra vez, por insignificantes humanos protegidos por pequeñas hojalatas y grandes cuchillos, amenazándolo como un mosquito amenaza a un elefante. Solos o acompañados, o incluso en pequeños ejércitos, fueron a tratar de acabar con él, pero muy pocos podían aguantar el camino infranqueable que representaba llegar a su morada.

Pero los hombres eran astutos y obsesivos, y creaban cada vez herramientas más modernas para lograr su cometido y exterminar lo que no comprendían, ya fuera por avaricia, miedo o amor.

Las distancias entre el dragón y los hombres se fueron achicando y el desenlace de aquel asedio era se presentaba al horizonte. Pronto Luna de Plata se vería cara a cara con sus perseguidores y debería tomar una decisión. Era para él bien sabido que exterminar su esencia sería una tarea ardua y gastadora, pero no imposible, pues aunque era inmortal no era invencible y no poseía la agresividad innata de otros miembros de su especie ausente; en su naturaleza no estaban presentes la violencia o el desenfreno: esas eran actitudes más pertenecientes a humanos y criaturas de herencia inferior. Así fue que Luna de Plata decidió esperar en paz la llegada de sus ejecutores, erguiéndose sobre la pequeñez de éstos como el soberano que era de toda la tierra.

Para mantener la esencia mágica en el mundo, Luna de Plata escondió siete de sus escamas en siente diferentes puntos donde los hombres rehuían por sabiduría o ignorancia, y donde la magia había corrido en libertad en tiempo atrás. Las enterró como si sembrará semillas de esperanza. Visitó las ruinas abandonadas de los reyes élficos; se sumergió en las cascadas ascendentes; reposó en las amplias galerías de los señores de piedra, con sus vistosos murales y su arte de exquisito gusto; encontró, sin esperarlo, los diminutos vestigios de una ciudad de Leveluns (pequeños duendes de las hojas) que habían desaparecido hacía ya 300 años; se sumergió en la Meredith, la antigua ciudad de las sirenas; entró al corazón de un volcán que había sido por siglos el centro mismo de la magia ígnea; y visitó el lugar donde había nacido: una hermosa cueva de cristal que antes vibraba de energía y belleza, y que ahora era sólo un reflejo apagado de un pasada gloria. Al concluir sus viajes, Luna de Plata volvió a su lugar en el pico más alto y esperó tranquilamente la llegada de quienes pretendían acabar con la magia del mundo.

Los hombres descubrieron herramientas y crearon máquinas para trepar más rápido, para herir más profundo y desgarrar las heridas ya abiertas; así lo hace el ser humano toda vez que se ve en la necesidad de luchar: su imaginación y creatividad llegan a lugares insospechados y moran allí por los fines equivocados. 

Después de mucho errores se vieron en la cima, observando el mundo en su pequeñez, sintieron sus pechos apretarse en sentimientos que no comprendían. Pensaron, en una sola conciencia, que al morar aquí, el dragón demostraba su superioridad. El miedo y el rencor que habían sembrado creció en sus corazones.

Entonces los hombres blandieron sus armas y cañones, fabricados especialmente para esta batalla épica. Aquel batallón exterminó al dragón con fuerza y ferocidad más allá de este mundo, mientras el dragón acepta y comprende, sintiendo pena, no por su situación, sino por sus pequeñas almas. Fue entonces que Luna de Plata selló con su sangre el destino de la magia.

Al concluir su labor heroica, los hombres se sintieron satisfechos, habían acabado con la mayor amenaza de su especie (o así creían) y habían convertido en opacos platillos los blancos orbes de sus escamas. Pero de repente, aquella pronta satisfacción se desgarró en aullidos de pena, pues repentinamente sus ojos podían ver luz y belleza y apreciaron la noble bestia en su fin inmerecido; como si lo que fue invisible hasta ese momento se hubiera hecho visible por alguna razón misteriosa.

Todos, sin excepción, prepararon una tumba digna para tan bella criatura, la última de su especie en el mundo. En el tope de esa montaña, un pequeño faro fue encendido y en la piedra fue tallada la insignia: Aquí murió gran parte de la belleza del mundo.

Se dice que aquella llama nunca menguó.

Aquella montaña alta y delgada pasó a llamarse Faro de Luna de Plata y su luz pareció apaciguar la oscuridad en los corazones de los hombres y avisar sobre una nueva era de luz que estaba a punto de comenzar.

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 Epílogo~

A muchos kilómetros de distancia, en una profunda cueva, un hermoso retoño surgió de la tierra, como lo hacen las semillas nacientes, abriéndose e iluminando aquellas viejas rocas con luces iridiscentes, como si una aurora boreal se hubiese liberado de él, y de entre aquellas hojas blancas y cristalinas, como si de magia se tratase, surgió un gran y hermoso huevo de plata.

Fin












   

jueves, 3 de enero de 2013

Gravedad


La Luna y el Sol no son protagonistas extraños de la mitología y la fantasía, pero también son los protagonistas de esta historia que comienza en el solsticio de invierto, cuando la sociedad primitiva empezaba a adorar las estaciones como seres supraterrenales e imponentes.

Luna, como siempre, femenina y misteriosa, surcaba los cielos y las nubes como un dedo que dibuja en la arena; con delicadeza etérea y sin más razón que la de andar por el camino que le fue destinado. El Sol siempre la veía, hermosa, cabalgar en su carruaje de corceles de plata, con su blanca faz dirigida hacia la Tierra, enamorada de sus montañas y mares y de sus nubes, sobretodo de sus nubes, porque no había nada más hermoso en  toda esa galaxia: por eso ella lo había escogido.

Pero el Sol la quería, la observaba desde su trono, sin poder acercarse más allá de su lugar gravitacional, de su lugar en el cosmos. Odiando cada segundo de ello, imbuido de amor. ¿Soy un rey o un reo?, se preguntaba con motivos. Cuánto amor le profesaba y cuánta distancia los separaba... millones de kilómetros, cientos de miles de palabras no dichas, de conversaciones inventadas, de un amor que ni siquiera se conoce a sí mismo. Estaba el sol tan perdido en sí mismo que se sintió brillar menos, incluso podría decirse que se apagó por unos segundos para sopesar su pena.

La Luna, en la distancia, tan bella, desconocía aquel torrente de amor y flamas que la deseaban a millones de kilómetros de distancia, pero que eran aún así visibles, cálidos y reales, iluminándola y haciéndola brillar como un espejo galáctico. Sabía de ese rey que dominaba todo en este rincón del universo, pero no sentía curiosidad, no volteaba la mirada más allá... ¿Para qué hacerlo?, se decía, si tenía a su planeta con ella... No era un ser como ella, no pertenecía a la bóveda celeste, era lo que era y nada más, pero lo amaba así, silencioso y repleto de pequeños seres que creen ser el centro del universo... Pero el centro no son ellos... es el rey solitario de las llamas: el Sol.

Así fue como la Luna se dedicó a admirar a la Tierra por eones y eones, observando cada pequeño cambio, cada navío añorante, cada vida de aquel mundo pasar, deseando en lo más profundo de su ser que aquel planeta carente de conciencia, pero desbordado de almas vivas, despertase una conciencia que la amara.

Pero el tiempo pasaba, las órbitas eran recorridas y aquel extraño orden del universo se mantenía intacto. Por millones de años la Luna observó a la tierra y el Sol observó a la Luna y el amor se mantuvo en caminos de una sola dirección.

Entonces el Sol, cansado, abandonó la conciencia de sus llamas y decidió dirigirse, inmaterial, al encuentro de su amada, atravesando el espacio con la presteza del que no carga nada innecesario, sus esfuerzos se vieron bendecidos con la imagen cada vez más presta de quien lo había cambiado todo; pero mientras más se acercaba, más notaba que perdía el control y que su esencia aceleraba en colisión con la fría atmósfera terrestre.

Nunca se había sentido tan indefenso, tan débil... y sintió que su alma ardía como una estrella fugaz. Cruzó de la ionósfer a la superficie planetaria a una velocidad ridícula y su caída le llevó, como un corazón llameante, al centro cálido de la tierra, donde se sintió extrañamente en casa y se fundió con las rocas, la lava y los metales; se hizo uno con la sal, con los diamantes, con los fósiles sumergidos en fosas insondables; con el oro, el niquel, el cobre, la plata, el cobalto y todo lo que en la tierra yacía; y luego los mares se hicieron suave caricia sobre su nueva piel y enseguida empezó a sentir cada pequeña vida que palpitaba y existía sobre la corteza de tierra y metales y entre las moléculas de hidrógeno y oxígeno de los mares. Todas esas almas al unísono, conectadas con la suya, en una sensación indescriptible y totalmente desconocida. Los elementos fueron víctimas de su excitación: algunos volcanes hicieron erupción y temblores, huracanes y ventiscas cubrieron la tierra en un intenso paroxismo, pero ni un solo ser resultó herido, pues la bondad inmensurable de un rey tan viejo como el tiempo no permitiría tal destino para quienes siente tan cerca. Había sucedido algo increíble, la Tierra se volvió su coraza, dándole a esta fuerte voluntad un nuevo propósito y un nuevo fin.

La Luna se encontraba observando todo lo que ocurría y sentía que se estremecía entre el vaivén de las olas en las playas, el correr de la lava y los metales, el fragor de la brisa y de los mares, y la fuerza de la ventisca y de los temblores que recorrían intensamente la Tierra; y supo, al mirar con aquel acostumbrado amor, cuando aquel planeta al que había dedicado su existencia devolvió con una mirada todo lo que en todos los eones ella había entregado, que aquello que había pedido por tanto tiempo era ahora una realidad, y que su amor sería un idilio sin fin en un universo solitario, conocido por pocos seres capaces de ver más allá de las tres dimensiones y de viajar por mundos y sueños. Todo por encima de la pequeñez de los terrestres, pero todos ellos conectados en un amor tan eterno como el tiempo mismo.

martes, 1 de enero de 2013

El inicio del mundo.



Ya entrando el 2013 el mundo dejó atrás las interpretaciones sobre profecías mayas, pero no así a los calendarios que concluyen y se renuevan una y otra vez. Los festejos acostumbrados, las  felicitaciones sin amor, las típicas fotos familiares de reuniones que se realizan una o dos veces al año llenaron los huecos que dejó el año fallecido con pompas y globos llenos de escarcha. Todo seguía su rubro acostumbrado.

Pero había algo diferente, una sensación primero y luego todo, todo en absoluto. Esa sensación terminó convirtiéndose en mi mundo, en todo mi ser y en el motivo de mis peores miedos. Justo después del 21 de diciembre, mientras revisaba unos documentos, noté que en antiguos contratos mi firma era diferente a como la recordaba. Escudriñé todos mis documentos notando la misma diferencia en mi firma y pensé que tal vez fue un error de percepción o alguna jugarreta inconsciente; nada de qué preocuparse... Pero las cosas sólo iban a empeorar.

Me senté en mi escritorio de ébano de Seilán que obtuve en una subasta y que perteneció a H.G. Wells. Luego de unas horas corrigiendo textos académicos, uno de los tantos trabajos que realizo por motivaciones humanas y justificadas, rocé mi mano por la suave madera para notar, con desagrado, astillas que antes no estaban y una textura desconocida. Por alguna extraña razón mi escritorio de ébano ahora era pino pintado y mal terminado... pero esto no tenía sentido: todas sus gavetas se encontraban llenas de mis mismas pertenencias, incluso de unos pasaportes y dinero en efectivo justo donde los había escondido. Pensé en la posibilidad remota de que fuera una broma de mal gusto jugada por mi esposa, la única persona con la libertad para realizar tal hazaña, pero su sentido del humor suele ser diáfano y claro. Sea como sea, me dirigí a ella para expresarle mi consternación, y entonces mi corazón se detuvo unas milésimas de segundo que me parecieron eones infinitos de arremolinada materia y de un universo muy, muy oscuro. Mi amada, con la que había compartido casi 20 años de tranquila y feliz convivencia, no parecía ser quien era; su voz tenía un matiz ligeramente distinto, más alto y sonoro, como la voz humana de un ruiseñor; su cabello era más denso e irreconocible, oscuro y misterioso; sus lunares estaban desordenados, fuera de sitio, en lugares de su piel antes claros y familiares; pero sus palabras sonaban a las suyas, su manera de acariciar mi cabeza era la misma, pero mi consternación era inencubrible.

Salí fuera con la certeza de no dejarla preocupada y caminando por la plaza noté un cambio de orden en las antiguas tiendas de la ciudad, como si hubieran sido barajadas demasiadas veces y su orden original se hubiera perdido. Pasando frente a la brillante vitrina de la mal ubicada librería me miré noté a alguien similar a mí dentro, y cuando volví la marcha a ver quién era, me topé con un reflejo ajeno y que me pertenecía. Hasta yo había sido víctima de esta broma pesada de dios o de quien sea que fuere responsable. Sus ojos eran más grandes y se hallaban más altos dentro de su cavidad osea, sus manos eran ligeramente más largas y delgadas, su nariz más baja, sus lunares todos perdidos. Se dedicó tanta contemplación que el encargado se preocupó seriamente porque le espantara la clientela al pensar que era algún loco, y con la sorpresa que sigue al ensimismamiento retomé la marcha ahora más preocupado que nunca.

Todo había cambiado, algunas cosas ligeramente, de manera casi imperceptible, como si se hubieran hecho nuevamente a partir de un plano inconcluso o errado, mi vieja casa familiar se encontraba una calle arriba de donde solía estar, las plantas del jardín, reconocí, no pertenecían siquiera a esta zona geográfica, pero poseían similitudes a las que sustituyeron. El viejo refugio antibombas que construyó mi padre no estaba a la vista, como si hubiera sido omitido en un registro inmaterial, y fuera olvidado.

Volví a mi casa, pero decidí meditar en el techo, donde no pudieran interrumpirme, encontrándome con una escalera que ahora era más corta y que dificultó la llegada a mi destino, pero sin más contratiempos llegué y me dediqué a observarlo todo... Todo lo que ya no era lo que era, todo lo que era distante, ajeno, toda una historia aparentemente falsa. Sería él quien pensaba que era, sería su esposa de quien se enamoró hace tantos años, sería su casa aquel lugar impregnado de ellos que tanto había significado, que salvó sus vidas. Las dudas se amontonaban y amontonaban sin respuestas.

Tal vez el mundo sí se terminó junto a ese fatídico calendario de una cultura fallecida... Tal vez todo el mundo que conocíamos ya no está y fue sustituido por una mala réplica de la que todos somos piezas esenciales, pero en las que el hacedor fue torpe y descuidado... Tal vez todo lo que el hombre hizo hasta ahora ya no existe, todos sus méritos materiales y todo lo que poseyó es ahora otra cosa menos vistosa. Quien sabe cuántos conceptos, ideas y libros fueron erróneamente copiados en esta altertierra, en esta mentira que ahora habitamos como malas fotocopias de quienes fueron nuestros originales; cuántas ideas magníficas se perdieron y cuántas historias jamás volverán a ser leídas como fueron escritas.

Cuanto siento hemos perdido... ¿Somos acaso humanos todavía? ¿Podría nuestra estructura genética haber sido alterada o mal registrada en aquella copia de seguridad de la que fuimos reproducidos?

Todo el mundo se siente diferente, irreconocible para mí, porque no es el mundo que recuerdo: ahora es el mundo que tengo. Quién es ahora mi persona será algo que responderé con el tiempo, quién es la persona que amo será algo que tendré que redescubrir... Tan sólo espero tener la suerte de que todo no sea tan distinto y registrar para la raza humana todo lo que ya no es como era, todos los cambios de esta tierra alternativa y desconocida. Esa será mi responsabilidad de ahora en adelante. La verdad debe conocerse, tal vez no la verdad que creo poseer, pero sí la verdad de que toda la tierra es una tierra diferente, que nuestro cielo es otro cielo y nuestros mares otros océanos de misterio.

Es mi responsabilidad como el observador; mi destino que ahora empieza; mi camino y espero, el inicio de una tierra distinta, pero mejor.
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