Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

lunes, 8 de agosto de 2016

Ocho trigos y una espiga como hoy

Algunos rehuyen del sol, otros lo miran fijamente demasiado tiempo y pierden la visión, yo le conocí directamente, en un cuerpo de carne, caminando con elegantes pasos sobre tramas regulares y escaleras que ya no recorre, ni recorro yo.

"Ella" contenía justo detrás de su esternón a la estrella más importante de nuestro sistema solar, y eso no le evitaba preocuparse por cosas mundanas, características de los seres vivos con los que ahora compartía y de los que se había vestido para conocer en esta ocasión el tercer planeta desde sí misma.

Tomaba clases en la universidad, me imagino que buscando conocer bien a los pequeños humanos. Allí fue que me la encontré, y al principio no sospeché nada, pero lentamente noté los rasgos distintivos de un astro solar: un brillo natural e intenso; la acción invisible de la gravedad, atrayéndome; ojos color sol, con resplandores ígneos que se clavan en tu alma y te cambian; una sonrisa que iluminaba los espacios de esquina a esquina, y que llegaba con fuerza a lo más recóndito de tu ser, eliminando la oscuridad en ti. 

Así pasé unos meses observando, notando estos detalles, comprobando que mis sospechas eran ciertas y que estábamos ante una estrella caída, y que esperaba no fuera fugaz. Y mientras más la observaba más me enamoraba de ella, porque esa es la naturaleza humana, porque el calor de esa estrella me había devuelto los sentidos.

No era una persona muy inteligente, al menos no en todas las cosas, y especialmente no en relaciones humanas, imagínese en relaciones extraterrestres, así que mi primer y único plan fue el de dejarme llevar de la gravedad y seguirla, como un planeta prófugo, en órbitas elípticas que tarde o temprano me dejasen interceptarla y declararle mi amor, y como bruto al fin, en cada giro y cada vuelta pregonaba una y otra vez mis sentimientos, y una y otra vez, desde la distancia, era rechazado mi empeño, pero no completamente... Guardaba y no perdía una refulgente esperanza.

Al final nos estrellamos el uno con el otro, en una zona solitaria de la galaxia, y mis humildes ruegos fueron escuchados, bajo una mirada de luz dulce, con esquirlas de los huesos de mi desesperanza, bajo aquel calor veraniego, y en la espera fulgurante mi corazón y mis costillas se encendieron en llamas que no se apagarán nunca. En ese lugar, en ese momento, cambió todo...

Porque una sola palabra, bien cortita, puede cambiar galaxias de lugar, planetas de óbita, romper átomos, crear vida. Y así pasó, en ese mismo orden. 

Así nació Brío.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lo cotidiano


No conocía el por qué, pero todos los sábados, cuando el sol caía y se ocultaba nuevamente para dar vida a otras tierras lejanas y desconocidas que estaban sumerjidas en tinieblas ominosamente densas, del cielo caían diminutos diamantes que creaban un espectáculo impresionante cuando la luz anaranjada del alba atravesaba los prismáticos contornos de las gemas hasta que Apolo se perdía y el espectáculo acababa. Aún así, nadie parecía tomar en cuenta este evento, pues era cosa de todas las semanas, cotidiano, y por tanto ordinario. Los basureros, con máquinas bastante rústicas, recogían todas las piedrecillas para lanzarlas en algún hueco o sepultarlas donde no estorbaran. Nadie las veía como más que una impetuosa broma de la naturaleza, un imperioso designio de algo sobrehumano que parecía querer agujerar todos sus techos y sus cabezas.

Eran gemas muy preciosas, me dije, y pensé que en otras circunstancias, tal vez en otro mundo parecido a éste donde los diamantes no caigan del cielo con cronometrada sincronía, deben ser apreciados como míticas gemas y deseadas por todos sus seres, tan solo por la magia que produce la luz cuando atraviesa uno de sus pulidos lados y emerge por otro. Así como el carbón, tan opaco, es tesoro y prenda de todo habitante de esta tierra, el diamante, opuesto en todo sentido, pero compuestos del mismo elemento, debe ser algo maravilloso en alguna parte. Pero es cierto que aquello que se tiene en abundancia pasa desapercibido.

Me pregunto si en algún otro mundo el agua, tesoro de tesoros, será cotidiana, porque si hay alguno, me gustaría vivir allí.

En un mundo sin maldad


Lo conocía desde hace mucho tiempo, como sucedía siempre en este mundo. Compartía con él innumerables actividades. Un día fui a la preciosa casa de él, en lo profundo del bosque. El trayecto era difícil, pero en este mundo eso no importaba. Lo desconocido no parecía terrible donde nadie esconde nada.

Al llegar, compartimos unos juegos. La suerte estaba de mi lado y vencí de maneras casi sospechosas, pero juro no haber hecho trampas (mucho menos sabiendo en qué clase de mundo vivimos, donde la palabra trampa sólo se utiliza para los horribles artilugios con los que se capturan las fieras) aunque mi amigo parecío alterarse. Sacó cada uno de los juegos que poseía de sus empaques y los lanzó precipidamente al suelo, preparando cada uno para una revancha vengativa, cada vez más personal. Incluso intentó ganar retándome en juegos de los que yo no tenía conocimiento, con resultados arbitrarios.

Cenamos algo delicioso preparado por su amable madre, esa que se parecía tanto a la mía. Su padre también nos acompañó. Luego de la cena debía marcharme.

Tenía que volver a casa solo, a través del espeso bosque. Sabía que no tenía de qué preocuparse, Nadie tenía por qué. Nisiquiera cuando escuché el eco de unas pisadas suaves que parecían seguirme. Sabía que todo estaba bien.

Caminé alegremente en las sombras...
Nunca llegué a casa.

Los Pequeños Locos Lunáticos (Crazy Little Lunatics)



Crazy Little Lunatics es un proyecto comercial, gráfico y literario que he tenido en mente por mucho tiempo y que pienso, puede gustar a muchos si se dan las condiciones para su sano desarrollo. Por esto cuelgo este modesto texto de unos meses de edad aquí, para obligarme a continuar y para dar el primer paso, además, a mi intención inicial al crear este blog. Mi idea era la de crear una historia y, día a día, escribir un poco más de ella, para así crear un concepto más intenso para mis lectores y para mí mismo.

La vida actual es un gran engranaje destinado hacia la exterminación de la mente humana; yo, humano al fin, presento aquí mis blasones, con los que trataré de defender este castillo hasta la muerte u otro fin aún peor.




1. Neverland

El reformatorio para enfermedades mentales Neverland es conocido, más que como un lugar para la eliminación de patrones psicopáticos del comportamiento, como un asilo vacacional en el que los enfermos ocupantes derrochan el tiempo de manera ociosa en actividades raramente útiles o lucrativas. Los doctores son escasos y los enfermos variados y coloridos, las medicinas son huecos placebos y todo se rige bajo la mano de hierro del doctor Heriberto Schwok, director del centro psiquiátrico y, además, aburrido mercader de profesión.

Pero, a decir verdad, no siempre fue así para el venerable doctor Schwok, comenzó su carrera como un joven ilusionado, talentoso, lleno de grandes ideas, siendo demasiado amenazante para personas que no debía, y con su suerte truncada por otros, apenas pudo fundar este inútil centro psiquiátrico. Sus ilusiones de conquistar el mundo, junto al mundo de la mente, fueron mermando con los años y la conformidad se instaló definitivamente en la habitación de sus sueños.

Cada inquilino de Neverland presentaba características portentosamente definidas, como si más que un hospital, fuera un zoológico, una enciclopedia viva de enfermedades psiquiátricas, pavoneándose y dando muestra de un positivo avance… de la enfermedad, claro está. Nombrar y describir cada uno de estos casos será una tarea que sopesaré, y supongo, emprenderé para la correcta comprensión de los lectores.

Vanessa presenta un caso muy particular, dentro de las paredes diáfanas de su mente se ha formado la idea de que ella, en su totalidad, no es un ser humano, sino, más bien, una frambuesa.

Lucy es la paranoica de la casa, rubia, histérica y obsesionada con el fin próximo del mundo que, cada semana, tiene una nueva y preocupante causa. Hace alrededor de 6 semanas el fin se presentaba a través de los alienígenas que vendrían y exterminarían al raza humana. Hoy se terminará debido a que, en Haití, los espíritus malignos llamados a través de la magia “vudú” se encontraban a punto de despertar de su letargo y harían arder todas las casas humanas y se alimentarían de sus vísceras. En definitiva, ya sean ondas calóricas provenientes del espacio que asarán el mundo como un pavo al horno o salchichas mutantes provenientes de los alcantarillados que nos atragantarán con toxinas mefíticas hasta matarnos, su maniática creación de histeria colectiva es un derroche imaginativo nunca antes visto.

Pero no todos son pequeños histéricos inofensivos. Un pequeño grupo se encuentra en este asilo a razón de sus crímenes. De el análisis que desenlazó la ley por esa falta a sus normas y la imposibilidad de declararlos en sus cabales al cometer tal acto nació ese pequeño amasijo informe de demencia volátil.

La primera adquisición de este tipo fue una dama de negra cabellera y perturbada sonrisa que, según se leía en la hoja de ingreso al hospital psiquiátrico, había presentado complejos agresivos desde temprana edad, mutilando a sus muñecos y envolviéndolos con cuerdas de maneras que solo una mente perversa podría haber imaginado. No pasó mucho tiempo para que su actitud imperativa y su agresividad fueran percatados por su familia, los que sencillamente, y desconociendo el daño que luego acarrearía tal decisión, tomaron aquellas señales como simples juegos y esperaron que con la edad su actitud mejorara para bien. Los años pasaron y sus actos de torturan pasaron de muñecos a pequeños animales, y de allí, desde el punto de vista científico, llegaría hasta lo más temido. Logró raptar a un niño de su escuela y someterlo a penosas torturas hasta casi matarlo… a cosquillas, llenando su pequeño cuerpo de pellizcos, mordidas y arañazos. Por la vergüenza pública que acarrearía dar a conocer aquel hecho el muchacho no tuvo intenciones de hacer aquello público y las familias lo tomaron como un inocente acto infantil. Lo que desconocían era que ése era solo el comienzo. La búsqueda para satisfacer sus necesidades de tortura fue perpetua y lentamente evolucionaba hacia una psicopatía ominosamente

Un día llegó de la escuela un poco tarde con una gran caja de madera, nadie se preguntó qué traía en aquella raída caja. Entró a su cuarto raudamente y abrió su regalo excepcional: Una gran hacha, previamente afilada, que había pedido a través del internet gracias a unos ahorros que recolectó a base de astutos ayunos. El hacha refulgía hermosamente bajo la luz rojiza que incurría en su habitación por la ventana translucida, y limpia. Su locura había llegado ya al fondo del abismo de su alma oscura y estaba a punto de reventar el débil recipiente de aquel demonio sediento de muerte. Despedazó con el hacha la avejentada caja en la que llegó a sus manos y luego repitió, una y otra vez, la misma acción con toda su familia, sus tres perros, el gato de su hermana y algunos vecinos que, ignorantemente, pasaban cerca de aquella casa mancillada para siempre con los sucesos de ese fatídico día. Tenía apenas 15 años.

Ya han pasado siete años desde entonces y aquella criatura sigue paseándose por el patio de recreo de este sanatorio mental, con el sol de abril iluminándolo todo, llevando aún esa perturbada sonrisa y aquellos ojos vacios que desconocen la piedad.


Continuará...
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