Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ella

Dedicado a mi prima Camila con la que cohabito últimamente.

Era terca, testaruda, su cabello enmarañado, su cara enajenada. Reposaba su diminuto ser en una silla todo el día, mientras refunfuñaba insípidamente sobre los audaces ataques que le propinaban los diminutos vampiros negros del trópico. El dedo índice de su mano derecha era la parte de su cuerpo que más ejercitaba; sus pies siempre estaban oscurecidos, pues desconocía el uso del calzado. Tenía nombre de hija de Metabo, de virgen de Diana. Tenía brazos muy delgados, su frente asemejaba a la hermana luna y sus ojos eran estrellas que pronto partirían. Muchas la nombraban, algunos sin decir palabra alguna, pero todos querían hablarle. Nadie le conocía.


Imponía su voluntad como una princesa (cosa que no aseguraba que su voluntad fuera hecha) y arremolinaba los mundos (incluso aquellos de los que no tenía conocimiento) a su alrededor. Se dormía muy entrada la noche realizando la misma actividad con la que había saludado el día y soñaba. Nadie sabe con qué soñaba.

Tenía pánico escénico, pero alucinaba con la fama. Tenía tres soles gemelos con los que coloreaba la aurora. Sabía francés y no le gustaba el brócoli. Acostumbraba saltar, aunque sus saltos terminaran casi siempre en caídas. Tal vez buscaba tocar sus ojos.

No sabía lo que era una amazona, aunque asemejaba enormemente una. Era una criatura ajena al orden (como muchos) y cuando realizaba el extenso viaje desde su cama a su asiento, procuraba hacerlo todo de memoria y cerraba sus ojos, para ni siquiera percatarse de como todo a su alrededor seguía igual. Así sobrevivía. Nadie en verdad la conocía.

El mundo le parecía aburridísimo, por lo que prefería habitar en uno que no fuese real. Cantaba muchas canciones que nadie escuchaba, muchas de ellas de fabricación propia. Sabía perfectamente como apalear la guitarra.

Soñaba, la pequeña soñaba. Soñaba con un mañana distinto, que no se pareciera a ningún otro. Soñaba muchas, muchas cosas (sólo Morfeo y su cuervo las conocen todas) y cuando despertaba, seguía soñando, sin tregua, que la vida era un juego del que ya conocía todos los secretos. Un juego mil veces transitado pero que, aún así, tenía todavía mucho por ofrecer.

Así era ella, tan parecida como distinta. Desconocida y familiar. Buscando.
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