Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

jueves, 21 de enero de 2010

Divagación 1



Cuán grande es el cielo raso cuando las nubes se cierran
como una sonrisa cohibida, una mueca, una ojiva.
Cuán grande e inverosímil es el hombre
con sus pies, con sus manos, con sus inútiles pasos.
Se ha derramado el vaso, aquel que vaciamos tú y yo
porque con cada trago que dábamos
un mesero impertinente volvía a llenarlo.
Y me sorprendo aún ahora de cuán grande pueden ser las cosas:
amarillas, verdes, rosas,

con calcetas y sin bocas

como un ciudadano, como un patriota

que en pétrea forma espera

la llegada del otoño de El Caribe.

Un otoño no educado para ser otoño

y que prefiere ser primavera o verano.

Un otoño por demás dominicano,

por demás rojo, azul y blanco.

Cuán grande puede ser el cielo cuando las nubes se cierran,

como una sonrisa extendida a un firmamento amigo,
como un parque, un árbol, un nido que vimos nacer y desaparecer en el olvido.
Cuán grande puede ser tu sonrisa cuando mis brazos a tu alrededor se cierran.
Como un cielo raso extendido sobre nubes oscuras
.
Como una cortina que oculta tesoros de sol y trigo.

Y me sorprendo tantas veces cuando en la oscuridad te siento
y me percato de que eres hermosa
sin importar las ropas, la nada, las sombras.
Sin importar cuán develada u oculta esté tu sonrisa.

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