Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

lunes, 23 de diciembre de 2024

Década Perdida (poema)

Qué somos las personas.

Cuán superficial 

nuestro entendimiento. 

Cuán finito 

nuestro instinto, 

cuando de ser se trata. 

Cuán definitivos;

No nuestros pasos, que el viento mezcla

de vuelta en las arenas del ayer;

Más bien, el lugar al que nos llevaron.

Este desierto en el que me he despertado 

después de una década de sopor. 

De luto. 

De vergüenza. 

De huir de mi propia sombra. 

lunes, 8 de agosto de 2016

Ocho trigos y una espiga como hoy

Algunos rehuyen del sol, otros lo miran fijamente demasiado tiempo y pierden la visión, yo le conocí directamente, en un cuerpo de carne, caminando con elegantes pasos sobre tramas regulares y escaleras que ya no recorre, ni recorro yo.

"Ella" contenía justo detrás de su esternón a la estrella más importante de nuestro sistema solar, y eso no le evitaba preocuparse por cosas mundanas, características de los seres vivos con los que ahora compartía y de los que se había vestido para conocer en esta ocasión el tercer planeta desde sí misma.

Tomaba clases en la universidad, me imagino que buscando conocer bien a los pequeños humanos. Allí fue que me la encontré, y al principio no sospeché nada, pero lentamente noté los rasgos distintivos de un astro solar: un brillo natural e intenso; la acción invisible de la gravedad, atrayéndome; ojos color sol, con resplandores ígneos que se clavan en tu alma y te cambian; una sonrisa que iluminaba los espacios de esquina a esquina, y que llegaba con fuerza a lo más recóndito de tu ser, eliminando la oscuridad en ti. 

Así pasé unos meses observando, notando estos detalles, comprobando que mis sospechas eran ciertas y que estábamos ante una estrella caída, y que esperaba no fuera fugaz. Y mientras más la observaba más me enamoraba de ella, porque esa es la naturaleza humana, porque el calor de esa estrella me había devuelto los sentidos.

No era una persona muy inteligente, al menos no en todas las cosas, y especialmente no en relaciones humanas, imagínese en relaciones extraterrestres, así que mi primer y único plan fue el de dejarme llevar de la gravedad y seguirla, como un planeta prófugo, en órbitas elípticas que tarde o temprano me dejasen interceptarla y declararle mi amor, y como bruto al fin, en cada giro y cada vuelta pregonaba una y otra vez mis sentimientos, y una y otra vez, desde la distancia, era rechazado mi empeño, pero no completamente... Guardaba y no perdía una refulgente esperanza.

Al final nos estrellamos el uno con el otro, en una zona solitaria de la galaxia, y mis humildes ruegos fueron escuchados, bajo una mirada de luz dulce, con esquirlas de los huesos de mi desesperanza, bajo aquel calor veraniego, y en la espera fulgurante mi corazón y mis costillas se encendieron en llamas que no se apagarán nunca. En ese lugar, en ese momento, cambió todo...

Porque una sola palabra, bien cortita, puede cambiar galaxias de lugar, planetas de óbita, romper átomos, crear vida. Y así pasó, en ese mismo orden. 

Así nació Brío.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lo cotidiano


No conocía el por qué, pero todos los sábados, cuando el sol caía y se ocultaba nuevamente para dar vida a otras tierras lejanas y desconocidas que estaban sumerjidas en tinieblas ominosamente densas, del cielo caían diminutos diamantes que creaban un espectáculo impresionante cuando la luz anaranjada del alba atravesaba los prismáticos contornos de las gemas hasta que Apolo se perdía y el espectáculo acababa. Aún así, nadie parecía tomar en cuenta este evento, pues era cosa de todas las semanas, cotidiano, y por tanto ordinario. Los basureros, con máquinas bastante rústicas, recogían todas las piedrecillas para lanzarlas en algún hueco o sepultarlas donde no estorbaran. Nadie las veía como más que una impetuosa broma de la naturaleza, un imperioso designio de algo sobrehumano que parecía querer agujerar todos sus techos y sus cabezas.

Eran gemas muy preciosas, me dije, y pensé que en otras circunstancias, tal vez en otro mundo parecido a éste donde los diamantes no caigan del cielo con cronometrada sincronía, deben ser apreciados como míticas gemas y deseadas por todos sus seres, tan solo por la magia que produce la luz cuando atraviesa uno de sus pulidos lados y emerge por otro. Así como el carbón, tan opaco, es tesoro y prenda de todo habitante de esta tierra, el diamante, opuesto en todo sentido, pero compuestos del mismo elemento, debe ser algo maravilloso en alguna parte. Pero es cierto que aquello que se tiene en abundancia pasa desapercibido.

Me pregunto si en algún otro mundo el agua, tesoro de tesoros, será cotidiana, porque si hay alguno, me gustaría vivir allí.

En un mundo sin maldad


Lo conocía desde hace mucho tiempo, como sucedía siempre en este mundo. Compartía con él innumerables actividades. Un día fui a la preciosa casa de él, en lo profundo del bosque. El trayecto era difícil, pero en este mundo eso no importaba. Lo desconocido no parecía terrible donde nadie esconde nada.

Al llegar, compartimos unos juegos. La suerte estaba de mi lado y vencí de maneras casi sospechosas, pero juro no haber hecho trampas (mucho menos sabiendo en qué clase de mundo vivimos, donde la palabra trampa solo se utiliza para los horribles artilugios con los que se capturan las fieras) aunque mi amigo pareció alterarse. Sacó cada uno de los juegos que poseía de sus empaques y los lanzó precipitadamente al suelo, preparando cada uno para una revancha vengativa, cada vez más personal. Incluso intentó ganar retándome en juegos de los que yo no tenía conocimiento, con resultados arbitrarios.

Cenamos algo delicioso preparado por su amable madre, esa que se parecía tanto a la mía. Su padre también nos acompañó. Luego de la cena debía marcharme.

Tenía que volver a casa solo, a través del espeso bosque. Sabía que no tenía de qué preocuparme, Nadie tenía por qué. Ni siquiera cuando escuché el eco de unas pisadas suaves que parecían seguirme. Sabía que todo estaría bien.

Caminé alegremente en las sombras...
Nunca llegué a casa.