Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lo cotidiano


No conocía el por qué, pero todos los sábados, cuando el sol caía y se ocultaba nuevamente para dar vida a otras tierras lejanas y desconocidas que estaban sumerjidas en tinieblas ominosamente densas, del cielo caían diminutos diamantes que creaban un espectáculo impresionante cuando la luz anaranjada del alba atravesaba los prismáticos contornos de las gemas hasta que Apolo se perdía y el espectáculo acababa. Aún así, nadie parecía tomar en cuenta este evento, pues era cosa de todas las semanas, cotidiano, y por tanto ordinario. Los basureros, con máquinas bastante rústicas, recogían todas las piedrecillas para lanzarlas en algún hueco o sepultarlas donde no estorbaran. Nadie las veía como más que una impetuosa broma de la naturaleza, un imperioso designio de algo sobrehumano que parecía querer agujerar todos sus techos y sus cabezas.

Eran gemas muy preciosas, me dije, y pensé que en otras circunstancias, tal vez en otro mundo parecido a éste donde los diamantes no caigan del cielo con cronometrada sincronía, deben ser apreciados como míticas gemas y deseadas por todos sus seres, tan solo por la magia que produce la luz cuando atraviesa uno de sus pulidos lados y emerge por otro. Así como el carbón, tan opaco, es tesoro y prenda de todo habitante de esta tierra, el diamante, opuesto en todo sentido, pero compuestos del mismo elemento, debe ser algo maravilloso en alguna parte. Pero es cierto que aquello que se tiene en abundancia pasa desapercibido.

Me pregunto si en algún otro mundo el agua, tesoro de tesoros, será cotidiana, porque si hay alguno, me gustaría vivir allí.

En un mundo sin maldad


Lo conocía desde hace mucho tiempo, como sucedía siempre en este mundo. Compartía con él innumerables actividades. Un día fui a la preciosa casa de él, en lo profundo del bosque. El trayecto era difícil, pero en este mundo eso no importaba. Lo desconocido no parecía terrible donde nadie esconde nada.

Al llegar, compartimos unos juegos. La suerte estaba de mi lado y vencí de maneras casi sospechosas, pero juro no haber hecho trampas (mucho menos sabiendo en qué clase de mundo vivimos, donde la palabra trampa solo se utiliza para los horribles artilugios con los que se capturan las fieras) aunque mi amigo pareció alterarse. Sacó cada uno de los juegos que poseía de sus empaques y los lanzó precipitadamente al suelo, preparando cada uno para una revancha vengativa, cada vez más personal. Incluso intentó ganar retándome en juegos de los que yo no tenía conocimiento, con resultados arbitrarios.

Cenamos algo delicioso preparado por su amable madre, esa que se parecía tanto a la mía. Su padre también nos acompañó. Luego de la cena debía marcharme.

Tenía que volver a casa solo, a través del espeso bosque. Sabía que no tenía de qué preocuparme, Nadie tenía por qué. Ni siquiera cuando escuché el eco de unas pisadas suaves que parecían seguirme. Sabía que todo estaría bien.

Caminé alegremente en las sombras...
Nunca llegué a casa.

Genoah, el valeroso

Dedicado al amigo poeta David González, hombre de muchos anillos que nunca da su brazo a torcer. Porque todos somos algo como Genoah, pequeños seres humanos, luchando contra el destino.

En los inicios del mundo, la voluntad suprema creo a un ente del cual luego tomó su forma física propia. Este ente, frente a todos los seres, se sintió superior, y esta superioridad le dio poder, por sus voluntades, para alterar el orden y tesitura de lo etéreo en el universo. Cada eclipse, estos seres hacían grandes ofrendas malsanas al padre supremo, sacrificando a sus críos y los críos de los seres a los que consideraban inferiores, transmutándolos en sirvientes de sus designios. Estos reyes egocentristas se autodenominaron humanos y tomaron esta palabra como sinónimo de virtud, todo pergeñado a su voluntad, todo obra de la fuerza que ejercían sobre el universo que les había creado.

Genoah era uno de esos, seres de la voluntad, cuyo universo gira en torno. Él acudía diariamente al tope de la gran montaña Dehorlí, cuyos deseos le habían bautizado de esa manera, a sentirse un poco más cerca del éter y entregar sus ofrendas al creador de toda sapiencia. Todos los días, a una hora contrastante en símil, Genoah recorría aquellos senderos abruptos y al alcanzar aquella cima ensimismada sentía cumplidos los designios de su padre eterno.

Un día, después de cuarenta años de rutinaria adoración, sintió el impulso inapelable de viajar, por las pétreas construcciones naturales, hacía una dirección azarosa, pero que él sabía llevaba a un destino de gloria. Gloria, buscada y amada, y ¿Qué gloria sería mayor a la entregada desde el cielo? Continuó sin tregua. El deber era más fuerte que el hambre, la sed, el calor; también mayor a aquella fuerza mágica del creador que impulsa los objetos hacia la tierra para que no podamos tocar siquiera el cielo en el cual habita. Los hombres, pensaba Genoah, existían para desarrollar el derecho a pisar aquel sempiterno azul, y a tal objetivo iban destinados sus esfuerzos, sus aspiraciones, cada día de su vida. Así, Genoah escalaba, surcaba, tramaba el contorno de sus sueños en medio de los picos terrosos y el patetismo de lo no habitado.

Esa mañana al despertar, entreabrió los ojos con lentitud, temiendo tal vez que no se abrieran. Se miró, mancillado, raspado hasta los tobillos. Sus pies mugrientos y manchados de sangre coagulada habían casi perdido toda sensibilidad. Sus ojos se encontraban en mal estado por igual. La luz en aquellos altos parajes era inadmisible y parecía reluctarle. ¿Acaso el cielo le despreciaba aún después de su vida de sacrificios y dolor? Sus manos ya carecían de carácter humano, su piel fue casi calcinada por el sol, y los buitres protervos se jactaban superiores en su cara. Ira, recelo, odio. ¿Cómo pudo Genoah, tan valiente, ser abandonado a su suerte por el señor? Trepó una empinada roca desde donde podría alcanzar, al fin, la cima más alta. La cima que toca el cielo.

La victoria estaba asegurada, se incorporó sobre el vestigio de roca e inhaló el aire sagrado. Miro el paisaje, la forma mística en que todo lucía tan pequeño, y comprendió por qué el padre eligió aquella fortaleza azulada como morada. Desde aquí, cualquier hombre podría sentirse dios, cualquier dios podría sentirse rey, cualquier rey podría sentirse alabado y poderoso con tan solo aquella perspectiva del todo.

El viento arreció con violencia, su cuerpo se sintió tambaleante ante la nueva adversidad. Estaba cansado, exhausto, en el límite de su humanidad, besando los pies del desenfreno y el caos. Se sostuvo como pudo, pero sus manos y pies no reaccionaron coordinadamente. Aquel improvisado tifón le arrancó de aquella cima y lo llevó lúdicamente veinte metros contra una roca conocida, una de las tantas a las que se había aferrado con esperanza. Su cuerpo se despedazó, pero aún continuaba con vida, observaba todo el escenario carmín y se percató de algo que hubiera deseado saber con antelación: los caminos de la gloria desembocan fatalmente en un féretro sanguinolento, en un negro agujero en la herrumbrosa tierra, en una caída desde el tope del mundo, desde donde dios observa su reino. Genoah, embullido en aquel dolor de huesos y carne, creyó vislumbrar la aparición de alguien o algo, nacido de aquella luz incandescente, frente a su mórbida figura. Genoah le observó largamente hasta tomar fuerzas y decir en una mezcla de llanto y desesperación:

-¿Eres tú la prueba de mi victoria? ¿Eres tú, ángel amado, luz segadora, la prueba de que merezco un lugar entre los tuyos en el reino del señor?

El ángel le miró con cierta mescolanza de convalecencia y vergüenza, respondiendo, en armonía resonante:

- ¿Quién ha sido el responsable de su ceguera, Genoah? Dios no otorga cielo a los de tu clase. Nuestro padre eterno no ha pensado en ningún destino fuera de este mundo para ustedes, hijos, esencia del divino. ¿Por qué ha decidido engañarse? Gracias a ello su existencia ha sido en extremo interrumpida. Su carne ahora será alimento de buitres y sus huesos se volverán polvo de las montañas. Ahora, gracias a su ofuscamiento, Genoah dejará de ser.

Los ojos de Genoah se llenaron ahora de lágrimas y sangre.

-¿Entonces mis acciones no fueron guiadas por ningún atisbo de eternidad? Si todo fue un juego de mis sentidos, sin duda he de ser el mayor de los idiotas.

Para lo que el ángel respondió.

- No sea tan duro con usted, pues la naturaleza del hombre se balancea entre sus sentires exteriores, los sentires blasfemos, e interiores, aquellos sentimientos que lo condenan. El hombre es un ser inconforme que siempre busca lo que está más allá de la cordillera. Usted no es el mayor de los idiotas. Es simplemente humano. Sus acciones fueron guiadas por la curiosidad y esa curiosidad logrará grandes cosas a través de los siglos. Pero usted y su camino terminan aquí, Genoah. Olvídese de vivir, pues su camino erró y perdió su oportunidad sobre la tierra. Ahora su energía se dispersará y regresará al caos para continuar el ciclo interminable de novelesca entretención.

La sangre emanaba en increíble cantidad. Genoah Terminó agazapado en un lago carmesí y cuando las palabras del ser concluyeron, parecieron condenarle a la oscuridad de la muerte. Genoah no volvería a este mundo, Genoah murió y desvaneció para siempre. Nadie recordaría a Genoah y así, él perecería verdaderamente en la eternidad.



Fin

El mundo que no piensa


No sé si creer las locuras de un texto de dudosa autenticidad, que hallamos mi grupo de arqueólogos y yo cerca de un área en la que ni los animales habitan. El texto es una carta dirigida hacia un futuro lejano y en la cual se nos habla de un pasado horrible que consumió a los seres de aquella época antiquísima.

Llevé el texto donde un camarada científico que me estimó la edad promedio del texto, plasmado sobre una extraña fibra sintética parecida a la médula del tronco con la que hoy día se crea el papel ordinario. El extraño papiro poseía una legitimidad innegable, el idioma era tan antiguo, que no había registro alguno en ningún archivo existente sobre la tierra. Necesité cuatro expertos en semiótica, los cuatro mejores del mundo, y dos meses de trabajo ininterrumpido para descifrarlo y al terminar, todos se sentían ciclópeamente satisfechos. El documento literal expresa lo siguiente:

“Les advierto, les advierto a ustedes. Ustedes que poseen el don de la mente, abrácense a él y encájenles los dientes, porque sólo yo quedo con algo de ese sentido en mí, en este futuro que parece el más prosaico y antiguo abismo. Mi carta posiblemente no alcance su época. Aquellos eones y eones de sembrada nulidad que seguirán el camino estrecho de mi texto agonizante, pero que lleva un dulce rayo de esperanza de que su nuevo mundo no muera como el mío, este mundo de pesadilla en donde nadie piensa ya.”
“Todo parece haber comenzado hace unos doscientos años. Hace ya demasiado tiempo que las horas, días, meses y años dejaron de contarse pues nuestra raza se volvió demasiado perezosa y ya no tenía ninguna razón para medir el tiempo. Pero me permito hacer un estimado con lo poco de mis sentidos que no ha fallecido. La época de la razón había concluido con refulgente magnificencia dejando vestigios en el arte, la literatura y el estudio de la mente. Los derechos del hombre se afianzaban en sus cimientos formando un aparente futuro más brillante. Las guerras nacían una detrás de la otra, pero todas concluían y parecía que todo seguía hacia donde la libertad extiende sus alas.”

“La modernidad creaba grandes inventos y crecía con desesperación, como si quisiera reponer el tiempo perdido. Cada diez años la tecnología cambiaba increíblemente y cada cambio iba produciéndose en un tiempo cada vez menor. La exageración nos gobernó, hasta que cada día era un nuevo invento, una nueva renovación de lo antiguo y luego, fatalmente, agotamos todo lo que con nuestras manos podíamos crear.”
“Entre tanto, además, asesinábamos nuestro mundo lentamente, como un virus; como un tumor, como un lascivo mal aún indeterminado. La tierra se pudrió, pero aún quedábamos nosotros y la manteníamos viva con nuestra tecnología pergeñada y abúlica, todo por miedo, todo por subsistir. Ese fue nuestro mayor error.”
“La tierra se volvió un desierto desde el este al oeste, del norte al sur. Todo era inhabitable. Así que el hombre desarrolló ecosistemas bastardos, tan irreales como su moderna humanidad, su utopía maldita. Habitamos ese espacio entre distracciones y modas, volviéndonos ajenos a la verdad. Éramos indeseados en este mundo, en esta galaxia, en este universo tridimensional.”

“Equilibrándose entre modas ordinarias y música rapaz, se deformaba todo lo que, de alguna forma, desarrollaba la razón de los seres humanos. Los libros fueron suplantados con el cine y la televisión, cada vez más modernos, hasta que el ser humano perdió algo que hasta ahora no ha recuperado: su imaginación. Todo fue de mal en peor. Nuestra naturaleza se volvió, junto a nuestra civilización, la cuna de la desidia.”

“Lentamente esa falta de uso de la mente fue atrofiándola. Todos cayeron. Ni siquiera sé como sigo en uso de mis facultades, pero no canto victoria, pronto aquellas crípticas hiedras me devorarán y seré un vegetal más. Debo ser breve, pero sin omitir nada, ustedes deben saberlo, deben saber... Todo lo que he contado, desde un principio, todo ha sido un error, pero ninguno tan grande como el que sucede a todo esto, ese error que nos persigue, ese error que veo cuando miro a mi alrededor. Los humanos no somos humanos, somos monstruos, espantosos monstruos infernales. No nos conformamos con vivir y morir. La vida se nos hizo muy corta. Por eso trajimos el infierno… que no es llamas ni azufre. Nunca permitan que eso se cree y se permute, evítenlo a toda costa. Nuestra blasfemia fue ofensiva para todo residuo de etéreo resplandor. Nunca permitan que el infierno nos envuelva, y eso sucede justamente después que… después que… “

De este modo concluía el texto, hallado en las ruinas del fin del mundo. La recuperación fue total, pero nunca se encontró su conclusión, ni tampoco tuvo caso revisar una y otra vez el papiro en busca de alguna tajada respuesta. Lo más horripilante de todo es que, si el texto es tan auténtico como dicen nuestros aparatos, vamos en la misma dirección hacia el abismo. Estamos en el Siglo XXI, después del nuevo inicio. El sol brilla hermoso sobre mi cabeza y sólo me acompaña, en esta colina floreada, la esperanza de nunca vivir…en un mundo que no piensa.

Fin

Jugar a ser



Había una vez una rama que quería ser árbol, pero sabía que su sendero al éter había sido interrumpido ya. Así que se resignó abúlicamente a su cínico estado, reposando en espera del quiebre perfecto.

Un día un pequeño ser apareció frente a la pequeña rama, uno de esos retoños humanos que llaman niños, y deambuló sin ton ni son en círculos decadentes e inocentes.

El niño corría, aullando y saltando divertido, jugaba a ser héroe, con la alegría en los pasos y en sus andanzas en pro de la salvación del mundo, terminó frente a su primera prueba de fuerza. Se arrodilló frente a la pequeña rama, la levantó con sus pequeñas manos y luego la clavó un poco en la tierra y dijo, como saludo y despedida:

“Ahora puedes jugar a ser árbol.”


Lunes 25 de mayo de 2009. Costelo Landró.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Cambios

Dedicado al Trigal que es mi reino, en otra ciclo más haciendo del mundo un lugar único y dándome razones para creer en nuevos mares y cielos claros. A veces una persona te puede cambiar la vida entera. Éste es mi caso contigo.

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Hacía mucho tiempo que las cosas habían cambiado en la tierra. Se habían dedicado innumerables horas y fondos al análisis de los extraños fenómenos que se hacían ver en todas partes y a toda hora. La mayor parte de estos "cambios" se sucitaban súbitamente en la naturaleza misma resultaban para el hombre insospechadas curiosidades que cambiaban la manera en la que comprendíamos nuestro alrededor y nos hacían cuestionarnos qué peculiar llave rige y limita las posibilidades de estas ocurrencias.

Pero dediquémonos a registrar la mayoría de los hechos en un afán por permitir que la humanidad o las futuras generaciones lleguen a comprender estos fenómenos. El más notable fue que la luna cambió de órbita y se acercó peligrosamente a la tierra. Las mareas subieron y  ciertos comportamientos primitivos se desataron en algunas personas aparentemente confundidas por el cambio de influencias, pero extrañamente se sucitaron otras cosas más increíbles, como el cambio inmediato en la fuerza gravitatoria de la tierra que resultaba menor y hacía la movilidad natural del hombre bastante complicada por el cambio de peso. Se registraron innumerables casos de mareos que se dice nunca abandonaron a sus nuevos huéspedes.

Muchos de ustedes conocen el peculiar lago en África que, en resultado de ciertos procesos químicos de bacterias y a su alta salinidad se perciban color rosa las aguas del mismo. Ésto, en este nuevo mundo, se ha convertido en un hecho común, obteniendo un tono más rojo que rosa, y extendiéndose de manera increíble sobre miles de kilómetros de mar, atravezándo a veces casi la tierra completa, y haciéndonos sentir como una raza alienígena en un planeta desconocido.

Extraños temblores, que eran más como vibraciones constantes, pasaban a diestra y siniestra por la tierra, creando cierto sentimiento de preocupación entre sus habitantes. Algunos ríos cambiaban repentinamente de curso, y hasta de dirección, ante la mirada atónita de los allí presentes. Enormes lagos se convertían en aguas termales de dimensiones nunca antes vistas y los días se estaban volviendo imposibles de cronometrar debido a que, según me contó un amigo astrólogo, la tierra estaba girando a distintas velocidades en diferentes momentos, lo que creaba épocas de frío y calor que se precipitaban incontrolablemente.

Los tiempos habían cambiado, y la raza humana deberá demostrar ahora, ante un mundo hostil, su capacidad para adaptarse y llevar a cabo la razón de su existencia: la supervivencia.

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En algún lugar de una pequeña isla tropical vivía una niña de unos 7 años, juguetona y llena de energía, dedicaba largas horas al perfeccionamiento de su arte, que era ni más ni menos que el de realizar maromas con una habilidad innata. Su familia vivía en una pequeña casa en las afueras de lo que era una modesta ciudad en expansión.

Cuando las cosas comenzaron a cambiar en la tierra, el contacto con la naturaleza le hizo ver todo como si se encontrara en la fuerte de los extraños fenómenos, pero para ella estas cosas no eran temibles ni incomprensibles. No. Todo parecía cuadrar en su mente como un rompecabezas nuevo.

La cercanía de la luna le daba noches preciosas de un cielo tan diáfano que parecía un espejo, coronado por una luna que pasaba a veces horas de más en una noche quieta y llena de belleza. La falta de gravedad le permitía realizar sus acrobacias con mayor facilidad, trepar árbol tras árbol y si por desgracia se caía, le permitía usar su elasticidad natural para asegurarse una caída fuera de peligro. Un lago que era alimentado por un río subterráneo y que se encontraba muy cerca de su vivienda se había convertido en permanente agua caliente que, en las noches frías y largas de cielo hermoso, daban una paz y calor que parecían un regalo del creador.

A través de las noticias que llegaban a través de periódicos y de señales televisivas que apenas parecían alcanzar su modesto hogar, se enteró de los otros hechos que no podía presenciar desde donde se encontraba y siendo tan pequeña. La idea de un mar rojo le parecía increíble y divertida, pero al mismo tiempo le preocupaba que el mar dejara de ser como es ahora.

Poco tiempo después una cadena realizó un concurso para que las personas mandaran sus explicaciones sobre qué podía estar pasándole al mundo. Muchas personas habían decidido concentrarse en hablar del fin de los tiempos, de las profesías y de los errores de la humanidad. "Éstas son señales de Dios", decían en tono severo. Otros, intentando mantener el pensamiento racional, contemplaban la posibilidad de que este fuera un proceso natural de la tierra nunca antes visto por la raza humana. Otros hablaban de experimentos de los gobiernos, de conspiraciones, de un mundo cansado de nosotros. En fin.

Para la niña todo estaba tan claro que decidió participar en aquella motivación. Este es el manuscrito original que envió a la cadena difusora para su participación en el evento:

"El mundo no es algo quieto, la tierra es un ser vivo y para quien mira el cielo por la noche todos los días está claro que la tierra y la luna se han enamorado. Muy seguros de lo que sienten, han querido cambiar las cosas para poder estar más juntos, y esto ha hecho que veamos cosas que nunca habíamos visto porque nunca había pasado algo como esto frente a nosotros. Somos más ligeros porque nuestro mundo es más feliz y nos agarra con menos preocupación atendiendo a quien ama; el color del mar es la forma en la que, según lo veo, los planetas se ruborizan; los temblores y los cambios de dirección de los ríos, los días más largos y desordenados y la forma en la que todo pasa me recuerda a la historia de cómo mi papá conoció a mi mamá. A veces una persona puede significar un cambio completo en tu vida, así suele comenzar mi papá aquella romántica historia, y por lo que estoy aprendiendo en estos tiempos, también puede pasarle a los planetas. El amor te pone de cabeza, dice mi padre, y de cabeza es una buena forma de describir lo que está pasando ahora mismo".

El tiempo pasó y llegó el momento de definir al ganador, y ya sea por la ternura que extendía o por lo romático y sencillo de la explicación de la niña su carta fue lo más popular en las redes sociales y fue leída innumerables veces en vivo. El premio, consistente en una decente suma de dinero, fue entregado a ella y sus padres, y su versión corrió por el mundo entero, haciendo a las personas darse cuenta de que hay muchas formas de ver un mismo hecho y que no todo lo que se llama racional suele poder contemplar hechos irracionales.

Al final los cambios de la tierra no resultaron ta difíciles de sortear, y la raza humana se acostumbró a su nuevo mundo "enamorado". La simple idea de tal cosa les hacía sonreirse, o al menos preocuparse menos, y la niña creció para convertirse en un ejemplo a seguir para un mundo que se encontraba perdido y en caos.

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Mientras, en el vacío universo, la Luna y el planeta Tierra celebraban su idilio, compartiendo una cercanía nunca antes vista por dos astros solares. Tierra aún recordaba cómo había sido antes el Sol, cómo había amado a la Luna desde lejos, y como la fortuna le permitió ser amado de vuelta. A veces se ruborizaba sin previo aviso, cambiando de color sus aguas, su cuerpo vibraba, sus corrientes perdían el control, todo porque estaba con su amor. A veces una Luna amada puede significar un cambio completo en lo que eres y sientes que eres, pensó, y se dedicó a contemplar a su amada en una tarea que le llevaría el tiempo mismo, surcando las barreras del espacio, hasta terminar felizmente resguardado en la gravedad del amor que siente.

jueves, 3 de enero de 2013

Gravedad


La Luna y el Sol no son protagonistas extraños de la mitología y la fantasía, pero también son los protagonistas de esta historia que comienza en el solsticio de invierto, cuando la sociedad primitiva empezaba a adorar las estaciones como seres supraterrenales e imponentes.

Luna, como siempre, femenina y misteriosa, surcaba los cielos y las nubes como un dedo que dibuja en la arena; con delicadeza etérea y sin más razón que la de andar por el camino que le fue destinado. El Sol siempre la veía, hermosa, cabalgar en su carruaje de corceles de plata, con su blanca faz dirigida hacia la Tierra, enamorada de sus montañas y mares y de sus nubes, sobretodo de sus nubes, porque no había nada más hermoso en  toda esa galaxia: por eso ella lo había escogido.

Pero el Sol la quería, la observaba desde su trono, sin poder acercarse más allá de su lugar gravitacional, de su lugar en el cosmos. Odiando cada segundo de ello, imbuido de amor. ¿Soy un rey o un reo?, se preguntaba con motivos. Cuánto amor le profesaba y cuánta distancia los separaba... millones de kilómetros, cientos de miles de palabras no dichas, de conversaciones inventadas, de un amor que ni siquiera se conoce a sí mismo. Estaba el sol tan perdido en sí mismo que se sintió brillar menos, incluso podría decirse que se apagó por unos segundos para sopesar su pena.

La Luna, en la distancia, tan bella, desconocía aquel torrente de amor y flamas que la deseaban a millones de kilómetros de distancia, pero que eran aún así visibles, cálidos y reales, iluminándola y haciéndola brillar como un espejo galáctico. Sabía de ese rey que dominaba todo en este rincón del universo, pero no sentía curiosidad, no volteaba la mirada más allá... ¿Para qué hacerlo?, se decía, si tenía a su planeta con ella... No era un ser como ella, no pertenecía a la bóveda celeste, era lo que era y nada más, pero lo amaba así, silencioso y repleto de pequeños seres que creen ser el centro del universo... Pero el centro no son ellos... es el rey solitario de las llamas: el Sol.

Así fue como la Luna se dedicó a admirar a la Tierra por eones y eones, observando cada pequeño cambio, cada navío añorante, cada vida de aquel mundo pasar, deseando en lo más profundo de su ser que aquel planeta carente de conciencia, pero desbordado de almas vivas, despertase una conciencia que la amara.

Pero el tiempo pasaba, las órbitas eran recorridas y aquel extraño orden del universo se mantenía intacto. Por millones de años la Luna observó a la tierra y el Sol observó a la Luna y el amor se mantuvo en caminos de una sola dirección.

Entonces el Sol, cansado, abandonó la conciencia de sus llamas y decidió dirigirse, inmaterial, al encuentro de su amada, atravesando el espacio con la presteza del que no carga nada innecesario, sus esfuerzos se vieron bendecidos con la imagen cada vez más presta de quien lo había cambiado todo; pero mientras más se acercaba, más notaba que perdía el control y que su esencia aceleraba en colisión con la fría atmósfera terrestre.

Nunca se había sentido tan indefenso, tan débil... y sintió que su alma ardía como una estrella fugaz. Cruzó de la ionósfer a la superficie planetaria a una velocidad ridícula y su caída le llevó, como un corazón llameante, al centro cálido de la tierra, donde se sintió extrañamente en casa y se fundió con las rocas, la lava y los metales; se hizo uno con la sal, con los diamantes, con los fósiles sumergidos en fosas insondables; con el oro, el niquel, el cobre, la plata, el cobalto y todo lo que en la tierra yacía; y luego los mares se hicieron suave caricia sobre su nueva piel y enseguida empezó a sentir cada pequeña vida que palpitaba y existía sobre la corteza de tierra y metales y entre las moléculas de hidrógeno y oxígeno de los mares. Todas esas almas al unísono, conectadas con la suya, en una sensación indescriptible y totalmente desconocida. Los elementos fueron víctimas de su excitación: algunos volcanes hicieron erupción y temblores, huracanes y ventiscas cubrieron la tierra en un intenso paroxismo, pero ni un solo ser resultó herido, pues la bondad inmensurable de un rey tan viejo como el tiempo no permitiría tal destino para quienes siente tan cerca. Había sucedido algo increíble, la Tierra se volvió su coraza, dándole a esta fuerte voluntad un nuevo propósito y un nuevo fin.

La Luna se encontraba observando todo lo que ocurría y sentía que se estremecía entre el vaivén de las olas en las playas, el correr de la lava y los metales, el fragor de la brisa y de los mares, y la fuerza de la ventisca y de los temblores que recorrían intensamente la Tierra; y supo, al mirar con aquel acostumbrado amor, cuando aquel planeta al que había dedicado su existencia devolvió con una mirada todo lo que en todos los eones ella había entregado, que aquello que había pedido por tanto tiempo era ahora una realidad, y que su amor sería un idilio sin fin en un universo solitario, conocido por pocos seres capaces de ver más allá de las tres dimensiones y de viajar por mundos y sueños. Todo por encima de la pequeñez de los terrestres, pero todos ellos conectados en un amor tan eterno como el tiempo mismo.

martes, 1 de enero de 2013

El inicio del mundo.



Ya entrando el 2013 el mundo dejó atrás las interpretaciones sobre profecías mayas, pero no así a los calendarios que concluyen y se renuevan una y otra vez. Los festejos acostumbrados, las  felicitaciones sin amor, las típicas fotos familiares de reuniones que se realizan una o dos veces al año llenaron los huecos que dejó el año fallecido con pompas y globos llenos de escarcha. Todo seguía su rubro acostumbrado.

Pero había algo diferente, una sensación primero y luego todo, todo en absoluto. Esa sensación terminó convirtiéndose en mi mundo, en todo mi ser y en el motivo de mis peores miedos. Justo después del 21 de diciembre, mientras revisaba unos documentos, noté que en antiguos contratos mi firma era diferente a como la recordaba. Escudriñé todos mis documentos notando la misma diferencia en mi firma y pensé que tal vez fue un error de percepción o alguna jugarreta inconsciente; nada de qué preocuparse... Pero las cosas sólo iban a empeorar.

Me senté en mi escritorio de ébano de Seilán que obtuve en una subasta y que perteneció a H.G. Wells. Luego de unas horas corrigiendo textos académicos, uno de los tantos trabajos que realizo por motivaciones humanas y justificadas, rocé mi mano por la suave madera para notar, con desagrado, astillas que antes no estaban y una textura desconocida. Por alguna extraña razón mi escritorio de ébano ahora era pino pintado y mal terminado... pero esto no tenía sentido: todas sus gavetas se encontraban llenas de mis mismas pertenencias, incluso de unos pasaportes y dinero en efectivo justo donde los había escondido. Pensé en la posibilidad remota de que fuera una broma de mal gusto jugada por mi esposa, la única persona con la libertad para realizar tal hazaña, pero su sentido del humor suele ser diáfano y claro. Sea como sea, me dirigí a ella para expresarle mi consternación, y entonces mi corazón se detuvo unas milésimas de segundo que me parecieron eones infinitos de arremolinada materia y de un universo muy, muy oscuro. Mi amada, con la que había compartido casi 20 años de tranquila y feliz convivencia, no parecía ser quien era; su voz tenía un matiz ligeramente distinto, más alto y sonoro, como la voz humana de un ruiseñor; su cabello era más denso e irreconocible, oscuro y misterioso; sus lunares estaban desordenados, fuera de sitio, en lugares de su piel antes claros y familiares; pero sus palabras sonaban a las suyas, su manera de acariciar mi cabeza era la misma, pero mi consternación era inencubrible.

Salí fuera con la certeza de no dejarla preocupada y caminando por la plaza noté un cambio de orden en las antiguas tiendas de la ciudad, como si hubieran sido barajadas demasiadas veces y su orden original se hubiera perdido. Pasando frente a la brillante vitrina de la mal ubicada librería me miré noté a alguien similar a mí dentro, y cuando volví la marcha a ver quién era, me topé con un reflejo ajeno y que me pertenecía. Hasta yo había sido víctima de esta broma pesada de dios o de quien sea que fuere responsable. Sus ojos eran más grandes y se hallaban más altos dentro de su cavidad osea, sus manos eran ligeramente más largas y delgadas, su nariz más baja, sus lunares todos perdidos. Se dedicó tanta contemplación que el encargado se preocupó seriamente porque le espantara la clientela al pensar que era algún loco, y con la sorpresa que sigue al ensimismamiento retomé la marcha ahora más preocupado que nunca.

Todo había cambiado, algunas cosas ligeramente, de manera casi imperceptible, como si se hubieran hecho nuevamente a partir de un plano inconcluso o errado, mi vieja casa familiar se encontraba una calle arriba de donde solía estar, las plantas del jardín, reconocí, no pertenecían siquiera a esta zona geográfica, pero poseían similitudes a las que sustituyeron. El viejo refugio antibombas que construyó mi padre no estaba a la vista, como si hubiera sido omitido en un registro inmaterial, y fuera olvidado.

Volví a mi casa, pero decidí meditar en el techo, donde no pudieran interrumpirme, encontrándome con una escalera que ahora era más corta y que dificultó la llegada a mi destino, pero sin más contratiempos llegué y me dediqué a observarlo todo... Todo lo que ya no era lo que era, todo lo que era distante, ajeno, toda una historia aparentemente falsa. Sería él quien pensaba que era, sería su esposa de quien se enamoró hace tantos años, sería su casa aquel lugar impregnado de ellos que tanto había significado, que salvó sus vidas. Las dudas se amontonaban y amontonaban sin respuestas.

Tal vez el mundo sí se terminó junto a ese fatídico calendario de una cultura fallecida... Tal vez todo el mundo que conocíamos ya no está y fue sustituido por una mala réplica de la que todos somos piezas esenciales, pero en las que el hacedor fue torpe y descuidado... Tal vez todo lo que el hombre hizo hasta ahora ya no existe, todos sus méritos materiales y todo lo que poseyó es ahora otra cosa menos vistosa. Quien sabe cuántos conceptos, ideas y libros fueron erróneamente copiados en esta altertierra, en esta mentira que ahora habitamos como malas fotocopias de quienes fueron nuestros originales; cuántas ideas magníficas se perdieron y cuántas historias jamás volverán a ser leídas como fueron escritas.

Cuanto siento hemos perdido... ¿Somos acaso humanos todavía? ¿Podría nuestra estructura genética haber sido alterada o mal registrada en aquella copia de seguridad de la que fuimos reproducidos?

Todo el mundo se siente diferente, irreconocible para mí, porque no es el mundo que recuerdo: ahora es el mundo que tengo. Quién es ahora mi persona será algo que responderé con el tiempo, quién es la persona que amo será algo que tendré que redescubrir... Tan sólo espero tener la suerte de que todo no sea tan distinto y registrar para la raza humana todo lo que ya no es como era, todos los cambios de esta tierra alternativa y desconocida. Esa será mi responsabilidad de ahora en adelante. La verdad debe conocerse, tal vez no la verdad que creo poseer, pero sí la verdad de que toda la tierra es una tierra diferente, que nuestro cielo es otro cielo y nuestros mares otros océanos de misterio.

Es mi responsabilidad como el observador; mi destino que ahora empieza; mi camino y espero, el inicio de una tierra distinta, pero mejor.

jueves, 9 de febrero de 2012

Aún no tengo prisa.

"Campesino quemando maleza" de Vincent Van Gogh.

No tenía nada de prisa, pero eso parecía no importarle al encargado. Parecía como si quisiera desquiciarme con sus insistentes embistes, no dejándome apreciar los detalles del camino.

Nací simplemente una tarde calurosa de un verano ya perdido a la vuelta de la esquina. Mis ojos se cerraron una vez y al abrirlos me di cuenta que ya el inocente tiempo de la escuela había pasado, que la universidad era alimento de peces de la memoria, cuando todo esto era en mí un recuerdo aún no cuajado.

Pestañeé por nueva vez y en lo que el párpado recorría los escasos milímetros hasta cerrarse, me di cuenta que mi matrimonio ya era una vieja historia, que mis vástagos ya eran grandes personas para mí desconocidas, y mientras se abrían nuevamente tuve nietos, pequeños y rollizos, nunca supe sus nombres.

Entonces decidí oponerme a tan nefasta maquinaria, endemoniada carga y pesar de los mortales, pesadilla enmascarada en sueño, quería poder decir que fue la última vez que fui su víctima.

Pero no fue así.

Por más que traté de mantener los ojos abiertos, en un pequeño momento fui esclavo nuevamente de la forma en la que la vida está hecha.

Cerré mis ojos por última vez, mientras la vida me arrollaba y me eximía de sus derechos. Recuerdo las voces susurrantes, lejanas y ausentes de quienes eran para mí más importantes. Creo que finalmente pude reconocer a la persona con quien compartí mi vida. Su voz era como la imaginaba. Su rostro un vestigio desconocido en una memoria ya atrofiada. Su caricia, lo que más me hizo sentir vivo.

Y así, en pensamientos que nunca pude compartir, concluyo este teatro tragicómico de mal gusto. No es que sea ingrato. Sé que la vida es algo precioso. Pero, ¿por qué es tan rauda y vertiginosa? ¿Por qué tan frágil? En estos preciosos momentos en los que tengo la fortuna de aún contar con mi voluntad, deseo compartir una sola cosa: un consejo. Mantente atento. La vida pasa muy, muy rápido. Despierta. Levántate. Haz que valga.

lunes, 29 de marzo de 2010

AQUELLO QUE ES MÁS IMPORTANTE + Dibujo de mi trigal.



Jack sólo quería una flor, una sola; pero ninguna floristería parecía poder cumplir su pequeño encargo. Cuando iba a aquellos coloridos edificios perfumados le ofrecían enormes arreglos, le preguntaban si eran para una boda o un difunto, le hablaban con jergas incomprensibles y apiñaban contra sus fosas nasales flores de mil formas, tamaños y olores, pero no una, no la flor que buscaba.

Jack estaba por rendirse, hasta que un día, cuando se dirigía a otra floristería pues no perdía la esperanza de encontrar lo que buscaba, un empleado sacó una tímida flor y la arrojó a la basura. Jack había sido el mejor atrapando todo tipo de cosas desde la secundaría. Se lanzó a por ella a una velocidad que dejó boquiabierto al empleado, a unas señoras que entraban y a un pequeñísimo ratón que observaba la escena estupefacto.

¡Esa es mi flor!, gritó Jack cuando ya la tenía en sus brazos. El empleado actuó como si desconociera el idioma en el que Jack se comunicaba, dándole la espalda y volviendo a su rutina tediosa de florista, con una duda insignificante, muy insignificante, sobre lo que había visto y no
llegaba a comprender.

Jack estaba feliz, la flor para su amada Trigal estaba con él. Y no es que Jack tuviera extrañas desviaciones que le llevaran a enamorarse de una gran plantación o “harem” de trigo, sino que el objeto de su adoración había sido nombrado de esa manera por su madre, que había soñado el curioso nombre. Algunos le llamaban Trigo. Otros, más creativos, le llamaban “hija de la tierra”, “hija del panadero” y muchos otros, en una especie de batalla campal en busca del sobrenombre más descabellado.

Trigal era como su nombre: fresca, sencilla y natural, además de otras virtudes que aún no se comprueban en los trigales o en cualquier tipo de sujeto vegetal, como inteligente, simpática, maternal, excelente conversadora (este sí que no se ha comprobado) y nutritiva (libre a la interpretación del lector). El hecho es que, para hacerla sonreír, Jack buscaba una flor, una sola, que cumpliera con los requisitos, que se pareciera a su querido tesoro.

Jack fue al hogar de Trigal, la llamó y escondió de manera pertrecha la flor a sus espaldas. Trigal emergió del interior como de una cueva, acostumbrando los ojos a una luz nueva y diferente. Jack se acerco y le doy su acostumbrado beso, y entonces: ¡ta-dá! Sacó el regalo de su escondite mal confeccionado y se lo entregó a su dueña legítima.

Trigal observó el regalo con sus grandes ojos marrones bien abiertos, como si lo escaneara, o por lo menos sus ojos brillaban como si lo hiciera, y la tomó con elegante parsimonia. La acercó a su nariz y percibió el aroma, entonces miró a Jack y sonrió.

Jack estaba feliz, eso era todo lo que había deseado. Trigal, por otro lado, pensaba en lo idiota que era Jack, en lo idiota que era SU Jack. Sólo de ella, como la flor única que él le regaló y que guardaría amorosamente junto a todo lo que le había regalado. Trigal sabía que todos ellos eran, más que costosas cenas, relojes o prendas, muestras supranaturales de que Jack la amaba.

Y vivieron felices para siempre, excepto cuando no lo estaban; pero aún en esos momentos se tenían el uno al otro y, gracias a eso, podían ser felices de todos modos.

Çe fini

viernes, 1 de mayo de 2009

Para siempre

Adiós para siempre dijo, mientras se cerraba la puerta y escuché sus pasos desvanecerse por el sepulcral pasillo. Nadie escuchó esas palabras, sólo yo y las paredes; yo y los muebles; yo y el sucio de las horribles cortinas. El silencio y la soledad jugaban póquer sobre mi mesa de estar, ahora carcomida por las polillas, o algo así. Lo curioso de la mesa es que, según el protervo vendedor de la mueblería, nos duraría “toda la vida”. Decía, con gran entusiasmo y renuencia: “Esta preciosa mesa de la más fina caoba fue traída exclusivamente desde España. Es un objeto de colección. El artista que le construyó con sus propias manos falleció hace poco tiempo y les aseguro que le durará toda la vida.” Me estafaron, y ahora mi mesa de toda la vida se pudre en el estar de mi apartamento con lo que me queda de ilusiones, de ignorancia infantil y de razón para vivir.

Ahora camino por el recinto de mi apartamento. Trazo tenues elipses que se pierden en la infinidad con mi trayectoria, incierta para mí, como para las ratas que habitan mi edificio, denominación que incluye a los animales y a las bestias de mis vecinos. Su hijo cree que es músico, ha de tener más o menos nueve años de edad, y no deja el jolgorio en ninguna hora del día, como si viviera una feria sobre tu cabeza. La excepción se produce sólo a estas umbrías horas de la noche, donde sus padres, doña perfecta y don capricho, le han de haber obligado a dormir en su repugnante habitación, tan llena de juguetes, sin duda, para dar uno a cada niño desahuciado en esta isla maltrecha.

Me acerco a la ventana ensombrecida, esa que porta orgullosa la horrible cortina. Miro a través de ella y, ¡Sorpresa! Veo un costado sin ventanas de la enorme vivienda contigua, no hay espectáculo más deprimente e insípido, podría incluso cobrar por él. “La ventana averiada” “La pesadilla de todo vendedor de Bienes Raíces” “El horror de quien se entretiene mirando a la calle o al cielo azul” y lo mejor, yo soy uno de esos.

Adiós para siempre, no puedo olvidarlo, resuena vívido como un disparo, pero actúa como el veneno. Adiós, al decirlo, al escucharlo, siempre se considera el reencuentro. Pero esta vez el adiós se abraza, clava sus garras torcidas en un escueto y negro para siempre.

Mi corazón late con fuerza, o forzado, es algo que no defino, pero sé que late, lo sé. Miro a la pared de la vivienda contigua y desearía moverlo de ahí y buscar consuelo en las estrellas, pero ellas no acudirán a mí, nada lo hará, nada podrá llegar. Miro hacia arriba sacando mi cabeza por la ventana, veo el estrecho sendero entre las edificaciones y por fin, observo el cielo. Decepción, solo diviso grises nubes de invierno que me recuerdan lo que nunca tuve, lo que siempre la vida me negó y yo aceptaba con resignación. ¡No más! Deseo luz de las estrellas, deseo que la naturaleza me entregue su luz bella, la luz de la esperanza. Desprecio estas luces creadas por el hombre, desprecio su repugnante luz amarilla, esa luz que es desperdicio del demonio. Tomo mi zapato y rompo todos los bombillos con un golpe de la suela. Victoria, vencí la obra del demonio.

Quedo remilgado en la oscuridad, absuelto, siento mi corazón más tranquilo. Me siento sobre mi mesa de toda la vida y las patas aúllan de dolor, las ignoro, ya no importan más, solo importa esta libertad efímera, esta paz rauda, falaz quizás, tristemente ambigua.

En ese momento percibo la tonada de una canción que no identifico, la tarareo, sé que la conozco, sé que me gusta, sé que es de aquellas épocas arcanas en las que fui feliz. Todo llega a mí en un pestañear y recuerdo. Recuerdo que se inspiraba en la leyenda de Ícaro. Dédalos, el científico y su hijo, el buen Ícaro. Ícaro el que voló cautivado y llegó tan cerca del sol, le envidio. Canto la canción, “Vuela en tu rumbo, como un águila. Vuela tan alto como el sol.” La luz del sol debió cubrirle, debió sentirse libre. “Vuela en tu rumbo, como un águila, vuela y toca el sol.” Debió sentirlo entre sus manos y luego caer, caer… hacia el infinito.

Saco mi encendedor de mi bolsillo, no fumo, sólo me gusta ver la llama arder. Lo abro, enciendo y observo la llama. Debo ser realmente libre, debo ser realmente valiente. Observo la amalgama de colores de la flama, esa área donde la mecha arde. Libertad, la palabra resuena en mi cabeza. Aprieto mi mano en el encendedor. “Vuela y toca el sol.” Sé lo que tengo que hacer, sé como ser libre, lo sé… ¿Lo sé? Cierro mis ojos y aún observo la llama, el efecto óptico perdura, mantengo el encendedor con la llama alta, mis ojos siguen cerrados. Ya no siento el encendedor en mi mano, el efecto óptico resplandece cada vez más. Siento el sol, lo toco, soy libre. Abro mis ojos y veo como los mustios muebles arden, las horribles cortinas por primera vez lucen hermosas, refulgen con una maravillosa danza, pero la pútrida mesa sigue allí, entre el fuego. “Para toda la vida”, ¡Su madre! Arranco la cortina y se la arrojo con rapidez. Todo arde, incluso yo. Adiós para siempre, ahora las palabras tienen sentido, te fuiste y creíste haberme arrebatado la libertad, todo para darme cuenta que nunca la tuve hasta ahora. “Vuela y toca el sol.” Ahora yo soy el sol, ardo, doy luz, doy calor, yo soy vida, soy la verdad, ardo, ardo más. Ahora conozco la genuina bondad. El silencio y la soledad giran a mi alrededor, junto a la locura, la fe, la belleza, el temor, el sonido, la razón y el amor. Son mis planetas, son yo, ardo, ardo más. Mi cuerpo deja de responder, la luz me cubre, me besa, me ama… y todo acaba.


Fin

Viernes, 1 de mayo de 2009. Costelo Landró.