Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lo cotidiano


No conocía el por qué, pero todos los sábados, cuando el sol caía y se ocultaba nuevamente para dar vida a otras tierras lejanas y desconocidas que estaban sumerjidas en tinieblas ominosamente densas, del cielo caían diminutos diamantes que creaban un espectáculo impresionante cuando la luz anaranjada del alba atravesaba los prismáticos contornos de las gemas hasta que Apolo se perdía y el espectáculo acababa. Aún así, nadie parecía tomar en cuenta este evento, pues era cosa de todas las semanas, cotidiano, y por tanto ordinario. Los basureros, con máquinas bastante rústicas, recogían todas las piedrecillas para lanzarlas en algún hueco o sepultarlas donde no estorbaran. Nadie las veía como más que una impetuosa broma de la naturaleza, un imperioso designio de algo sobrehumano que parecía querer agujerar todos sus techos y sus cabezas.

Eran gemas muy preciosas, me dije, y pensé que en otras circunstancias, tal vez en otro mundo parecido a éste donde los diamantes no caigan del cielo con cronometrada sincronía, deben ser apreciados como míticas gemas y deseadas por todos sus seres, tan solo por la magia que produce la luz cuando atraviesa uno de sus pulidos lados y emerge por otro. Así como el carbón, tan opaco, es tesoro y prenda de todo habitante de esta tierra, el diamante, opuesto en todo sentido, pero compuestos del mismo elemento, debe ser algo maravilloso en alguna parte. Pero es cierto que aquello que se tiene en abundancia pasa desapercibido.

Me pregunto si en algún otro mundo el agua, tesoro de tesoros, será cotidiana, porque si hay alguno, me gustaría vivir allí.

jueves, 9 de febrero de 2012

Aún no tengo prisa.

"Campesino quemando maleza" de Vincent Van Gogh.

No tenía nada de prisa, pero eso parecía no importarle al encargado. Parecía como si quisiera desquiciarme con sus insistentes embistes, no dejándome apreciar los detalles del camino.

Nací simplemente una tarde calurosa de un verano ya perdido a la vuelta de la esquina. Mis ojos se cerraron una vez y al abrirlos me di cuenta que ya el inocente tiempo de la escuela había pasado, que la universidad era alimento de peces de la memoria, cuando todo esto era en mí un recuerdo aún no cuajado.

Pestañeé por nueva vez y en lo que el párpado recorría los escasos milímetros hasta cerrarse, me di cuenta que mi matrimonio ya era una vieja historia, que mis vástagos ya eran grandes personas para mí desconocidas, y mientras se abrían nuevamente tuve nietos, pequeños y rollizos, nunca supe sus nombres.

Entonces decidí oponerme a tan nefasta maquinaria, endemoniada carga y pesar de los mortales, pesadilla enmascarada en sueño, quería poder decir que fue la última vez que fui su víctima.

Pero no fue así.

Por más que traté de mantener los ojos abiertos, en un pequeño momento fui esclavo nuevamente de la forma en la que la vida está hecha.

Cerré mis ojos por última vez, mientras la vida me arrollaba y me eximía de sus derechos. Recuerdo las voces susurrantes, lejanas y ausentes de quienes eran para mí más importantes. Creo que finalmente pude reconocer a la persona con quien compartí mi vida. Su voz era como la imaginaba. Su rostro un vestigio desconocido en una memoria ya atrofiada. Su caricia, lo que más me hizo sentir vivo.

Y así, en pensamientos que nunca pude compartir, concluyo este teatro tragicómico de mal gusto. No es que sea ingrato. Sé que la vida es algo precioso. Pero, ¿por qué es tan rauda y vertiginosa? ¿Por qué tan frágil? En estos preciosos momentos en los que tengo la fortuna de aún contar con mi voluntad, deseo compartir una sola cosa: un consejo. Mantente atento. La vida pasa muy, muy rápido. Despierta. Levántate. Haz que valga.

martes, 7 de febrero de 2012

Vivir es estar contigo.


"Noche Estrellada sobre el Ródano" de Vincent Van Gogh.

Dedicado a Trigal Morales Pou.
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Acepto que hay cosas que siempre he querido contarte y no he podido.

Por ejemplo, pasa que cuando estoy muy feliz y tranquilo, canto y tarareo cualquier cosa. A veces una tonada conocida, otras una nueva pieza sólo mía. Canto y me siento que todo es posible, incluso ser feliz. Siempre me encuentro cantando antes de ir a verte.


Confieso y siento que me ayudas en tantas cosas. Las tareas diarias no resultan tan tediosas. Me he metido poco a poco en la cocina. Exagero con el ajo y la verdura. Lavo los utensilios cuidadosamente. Me siento a envejecer. ¿Dónde estuve antes? ¿Dónde estoy ahora? ¿Dónde estaré?


Cuando te pierdo de vista en las noches, la existencia de un cielo pierde sentido. Mi andar se vuelve lento y confuso y me pregunto varias veces ¿hacia dónde me dirijo? La respuesta es una mueca sorda.

Y tantas, tantas cosas que escapan a mi memoria.

Admito que no me siento completo. Como un proyecto inacabado. Quisiera ser una empresa iniciada. Poseo cosas ya no tan comunes: fe, fuerza, amor, vida, sueños, belleza que compartir...

A ti.

En palabras, oraciones y versos que siempre escribiré.

Y me entristece y me llena de felicidad. Me recorre la dicha y la desdicha.

 Y me siento bendecido, porque vivir es eso. Vivir es estar contigo.

Dejaré esta carta envuelta en la sombra de tu ventana para cuando despiertes. Buenas noches dulce luz de mi vida, inocente astro, vida espesa y pura, y dame fuerzas para este nuevo día.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Mi sombrero y sus ventanas.


Es curioso como aún desconozco si existe o no un dios, pero creo en mis entrañas que todo este maravilloso mundo no puede ser producto de un azar tan oportuno. Y todo eso por ti, mi sombrero, y por tus grandes ventanas.

Ahora me siento dios de pequeñas cosas. De un cordón bien anudado, de una línea hecha a pulso extremadamente recta, de un trabajo exitoso, de mis textos. Textos que escribo con las plumas multicolores de las aves, con el sopor indignado del mar llano, con la pérdida de la memoria que me acosa, con el pasado del que apenas me acuerdo. Y entonces me siento como un caballo con anteojeras, que desconoce el paisaje más allá del objetivo, y me revoluciono. No puedo no fijarme en los detalles del camino, pues con elllos es que justamente nutro lo que creo.

No es que sea el dios más justo, pues muchas veces mis hijos sufren mis caprichos y estados de ánimo. A veces creo a un gran hombre, orgulloso de su existencia imperfecta, tan sólo para lanzarlo por el acantilado y terminar la historia. A veces calco desde mi psique a seres abismales, bosconianos, deformes, abominables, seres sin ojos, sin manos, sin objeto, pero con alma. Y me digo, ¿por qué crear a estos seres en cuya existencia sufren el dolor de lo inútil? Para enseñar, para compartir, para guiar. Pero desconozco ya para enseñar qué, para compartir con quién, para guiar a dónde. Ya nisiquiera pregunto si comprendieron algo. Me conformo con ser incomprendido.

Mas no estoy sólo, pues siempre hay dos o tres especímenes de extraña factura que contemplan y entienden en silencio. A esos dedico mi teogonía. A mi sombrero y sus ventanas.

jueves, 21 de enero de 2010

Divagación 1



Cuán grande es el cielo raso cuando las nubes se cierran
como una sonrisa cohibida, una mueca, una ojiva.
Cuán grande e inverosímil es el hombre
con sus pies, con sus manos, con sus inútiles pasos.
Se ha derramado el vaso, aquel que vaciamos tú y yo
porque con cada trago que dábamos
un mesero impertinente volvía a llenarlo.
Y me sorprendo aún ahora de cuán grande pueden ser las cosas:
amarillas, verdes, rosas,

con calcetas y sin bocas

como un ciudadano, como un patriota

que en pétrea forma espera

la llegada del otoño de El Caribe.

Un otoño no educado para ser otoño

y que prefiere ser primavera o verano.

Un otoño por demás dominicano,

por demás rojo, azul y blanco.

Cuán grande puede ser el cielo cuando las nubes se cierran,

como una sonrisa extendida a un firmamento amigo,
como un parque, un árbol, un nido que vimos nacer y desaparecer en el olvido.
Cuán grande puede ser tu sonrisa cuando mis brazos a tu alrededor se cierran.
Como un cielo raso extendido sobre nubes oscuras
.
Como una cortina que oculta tesoros de sol y trigo.

Y me sorprendo tantas veces cuando en la oscuridad te siento
y me percato de que eres hermosa
sin importar las ropas, la nada, las sombras.
Sin importar cuán develada u oculta esté tu sonrisa.

jueves, 1 de octubre de 2009

En la noche


No es que sea creído, pero estoy seguro que la luna me guiña el ojo cuando sale a pasear sin su marido.