Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

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sábado, 28 de diciembre de 2024

Que bonito día

"¡Que bonito día!", te escucho decir

y mis ojos se abren

dejando entrar luz, 

color y belleza en mí. 

La luz, el color y la belleza

que emites, que se refleja, 

embriagando los sentidos, 

en toda la creación.


Porque el día es bonito por ti, 

porque lo ves con tus ojos, 

porque lo dices con tu boca, 

porque lo piensas con tu mente, 

porque lo comunicas y lo haces real, 

porque estás tú para presenciarlo

y estoy yo para presenciarte a ti.

El sol de carne y hueso,

que da vida a mi mundo, 

que me permite ver lo que para ti

es evidente. 


Aquí estoy esperando que mañana

sea un bonito día. 

Aquí estoy esperándote. 



miércoles, 16 de diciembre de 2015

Los Pequeños Locos Lunáticos (Crazy Little Lunatics)



Crazy Little Lunatics es un proyecto comercial, gráfico y literario que he tenido en mente por mucho tiempo y que pienso, puede gustar a muchos si se dan las condiciones para su sano desarrollo. Por esto cuelgo este modesto texto de unos meses de edad aquí, para obligarme a continuar y para dar el primer paso, además, a mi intención inicial al crear este blog. Mi idea era la de crear una historia y, día a día, escribir un poco más de ella, para así crear un concepto más intenso para mis lectores y para mí mismo.

La vida actual es un gran engranaje destinado hacia la exterminación de la mente humana; yo, humano al fin, presento aquí mis blasones, con los que trataré de defender este castillo hasta la muerte u otro fin aún peor.




1. Neverland

El reformatorio para enfermedades mentales Neverland es conocido, más que como un lugar para la eliminación de patrones psicopáticos del comportamiento, como un asilo vacacional en el que los enfermos ocupantes derrochan el tiempo de manera ociosa en actividades raramente útiles o lucrativas. Los doctores son escasos y los enfermos variados y coloridos, las medicinas son huecos placebos y todo se rige bajo la mano de hierro del doctor Heriberto Schwok, director del centro psiquiátrico y, además, aburrido mercader de profesión.

Pero, a decir verdad, no siempre fue así para el venerable doctor Schwok, comenzó su carrera como un joven ilusionado, talentoso, lleno de grandes ideas, siendo demasiado amenazante para personas que no debía, y con su suerte truncada por otros, apenas pudo fundar este inútil centro psiquiátrico. Sus ilusiones de conquistar el mundo, junto al mundo de la mente, fueron mermando con los años y la conformidad se instaló definitivamente en la habitación de sus sueños.

Cada inquilino de Neverland presentaba características portentosamente definidas, como si más que un hospital, fuera un zoológico, una enciclopedia viva de enfermedades psiquiátricas, pavoneándose y dando muestra de un positivo avance… de la enfermedad, claro está. Nombrar y describir cada uno de estos casos será una tarea que sopesaré, y supongo, emprenderé para la correcta comprensión de los lectores.

Vanessa presenta un caso muy particular, dentro de las paredes diáfanas de su mente se ha formado la idea de que ella, en su totalidad, no es un ser humano, sino, más bien, una frambuesa.

Lucy es la paranoica de la casa, rubia, histérica y obsesionada con el fin próximo del mundo que, cada semana, tiene una nueva y preocupante causa. Hace alrededor de 6 semanas el fin se presentaba a través de los alienígenas que vendrían y exterminarían al raza humana. Hoy se terminará debido a que, en Haití, los espíritus malignos llamados a través de la magia “vudú” se encontraban a punto de despertar de su letargo y harían arder todas las casas humanas y se alimentarían de sus vísceras. En definitiva, ya sean ondas calóricas provenientes del espacio que asarán el mundo como un pavo al horno o salchichas mutantes provenientes de los alcantarillados que nos atragantarán con toxinas mefíticas hasta matarnos, su maniática creación de histeria colectiva es un derroche imaginativo nunca antes visto.

Pero no todos son pequeños histéricos inofensivos. Un pequeño grupo se encuentra en este asilo a razón de sus crímenes. De el análisis que desenlazó la ley por esa falta a sus normas y la imposibilidad de declararlos en sus cabales al cometer tal acto nació ese pequeño amasijo informe de demencia volátil.

La primera adquisición de este tipo fue una dama de negra cabellera y perturbada sonrisa que, según se leía en la hoja de ingreso al hospital psiquiátrico, había presentado complejos agresivos desde temprana edad, mutilando a sus muñecos y envolviéndolos con cuerdas de maneras que solo una mente perversa podría haber imaginado. No pasó mucho tiempo para que su actitud imperativa y su agresividad fueran percatados por su familia, los que sencillamente, y desconociendo el daño que luego acarrearía tal decisión, tomaron aquellas señales como simples juegos y esperaron que con la edad su actitud mejorara para bien. Los años pasaron y sus actos de torturan pasaron de muñecos a pequeños animales, y de allí, desde el punto de vista científico, llegaría hasta lo más temido. Logró raptar a un niño de su escuela y someterlo a penosas torturas hasta casi matarlo… a cosquillas, llenando su pequeño cuerpo de pellizcos, mordidas y arañazos. Por la vergüenza pública que acarrearía dar a conocer aquel hecho el muchacho no tuvo intenciones de hacer aquello público y las familias lo tomaron como un inocente acto infantil. Lo que desconocían era que ése era solo el comienzo. La búsqueda para satisfacer sus necesidades de tortura fue perpetua y lentamente evolucionaba hacia una psicopatía ominosamente

Un día llegó de la escuela un poco tarde con una gran caja de madera, nadie se preguntó qué traía en aquella raída caja. Entró a su cuarto raudamente y abrió su regalo excepcional: Una gran hacha, previamente afilada, que había pedido a través del internet gracias a unos ahorros que recolectó a base de astutos ayunos. El hacha refulgía hermosamente bajo la luz rojiza que incurría en su habitación por la ventana translucida, y limpia. Su locura había llegado ya al fondo del abismo de su alma oscura y estaba a punto de reventar el débil recipiente de aquel demonio sediento de muerte. Despedazó con el hacha la avejentada caja en la que llegó a sus manos y luego repitió, una y otra vez, la misma acción con toda su familia, sus tres perros, el gato de su hermana y algunos vecinos que, ignorantemente, pasaban cerca de aquella casa mancillada para siempre con los sucesos de ese fatídico día. Tenía apenas 15 años.

Ya han pasado siete años desde entonces y aquella criatura sigue paseándose por el patio de recreo de este sanatorio mental, con el sol de abril iluminándolo todo, llevando aún esa perturbada sonrisa y aquellos ojos vacios que desconocen la piedad.


Continuará...
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domingo, 24 de agosto de 2014

Los tesoros que descubrí aquel día

Escena de la película "Hugo".

Cuando la conocí me dirigía hacia un futuro completamente incierto, y por algún motivo, al verla, decidí andar tras suyo. No se si fuera su largo y hermoso cabello o sus ojos diáfanos y puros. Tal vez fue algo invisible a la vista, una ley natural, una gravedad que solo funciona entre ciertos seres.

Cuando la conocí algo cambió en mí. Fue como si en mis adentros iniciara su funcionamiento una maquinaria que se pensaba obsoleta o que, más bien, se desconocía completamente su uso. Entonces aquel aparato inició lo que fue un lento proceso de adecuación, de la total inactividad a una constante, a la máxima marcha que le permitían sus gastadas piezas sin uso. Esa máquina del cambio mejoró en eficiencia lenta pero ininterrumpidamente, llevando mi vida hacia los tesoros que descubrí aquel día.

Cuando la conocí eran las 11:15, en una escalera en lo que fue un cruce fortuito. Recuerdo que mis dedos se extendieron y rozaron la punta de sus cabellos. Ella ni me miró... y no me miró por mucho tiempo, incluso luego de ya hablar con regularidad. Y no era que no quisiera, sino que sus ojos eran tan agudos que solo veían las pesquisas de los adentros de la gente, limitándose a ver el exterior como el recipiente.

Cuando la conocí decidí seguirla siempre, aunque tal vez en ese momento no fueran las exactas palabras que pensé, pero hay cosas que se piensan sin palabras y se ejecutan sin consciencia. Aquellos días de mayo, junio y julio fueron de lluvia y de sol.

Cuando la conocí la perseguí con insistencia, la busqué en los huecos de las rocas y en la curva de los pasillos, en las aulas vacías y llenas, en la amistad y la inquietud, en su propio corazón. Al final, la búsqueda fue extensa... pero busqué en los lugares adecuados y encontré, más que una razón, un sol diurno y nocturno, de bondad inescrutable, en una pequeña y atractiva morada de huesos y piel en la que quisiera hospedarme para siempre.

Cuando la conocí me conocí a mí mismo, y ese es el mayor regalo que me hizo.

Cuando la conocí la amé.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Mi sombrero y sus ventanas.


Es curioso como aún desconozco si existe o no un dios, pero creo en mis entrañas que todo este maravilloso mundo no puede ser producto de un azar tan oportuno. Y todo eso por ti, mi sombrero, y por tus grandes ventanas.

Ahora me siento dios de pequeñas cosas. De un cordón bien anudado, de una línea hecha a pulso extremadamente recta, de un trabajo exitoso, de mis textos. Textos que escribo con las plumas multicolores de las aves, con el sopor indignado del mar llano, con la pérdida de la memoria que me acosa, con el pasado del que apenas me acuerdo. Y entonces me siento como un caballo con anteojeras, que desconoce el paisaje más allá del objetivo, y me revoluciono. No puedo no fijarme en los detalles del camino, pues con elllos es que justamente nutro lo que creo.

No es que sea el dios más justo, pues muchas veces mis hijos sufren mis caprichos y estados de ánimo. A veces creo a un gran hombre, orgulloso de su existencia imperfecta, tan sólo para lanzarlo por el acantilado y terminar la historia. A veces calco desde mi psique a seres abismales, bosconianos, deformes, abominables, seres sin ojos, sin manos, sin objeto, pero con alma. Y me digo, ¿por qué crear a estos seres en cuya existencia sufren el dolor de lo inútil? Para enseñar, para compartir, para guiar. Pero desconozco ya para enseñar qué, para compartir con quién, para guiar a dónde. Ya nisiquiera pregunto si comprendieron algo. Me conformo con ser incomprendido.

Mas no estoy sólo, pues siempre hay dos o tres especímenes de extraña factura que contemplan y entienden en silencio. A esos dedico mi teogonía. A mi sombrero y sus ventanas.