Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

lunes, 6 de febrero de 2012

¿Realmente estamos solos?


Acostumbro perder mis noches siendo acariciado por la luz de la luna, pero un día en específico algo pasó. Mientras repasaba los cráteres del oeste lunar la faz del satélite desapareció por una fracción de segundo. Pensé que era mi imaginación, pero entonces pequeñas estrellas buscaron lugar y se reubicaron a su alrededor en una perfecta circunferencia y la luna comenzó a moverse. En serio, se movía lentamente, empequeñeciéndose ante mi vista y dejándome perplejo. Unas cuantas estrellas se unieron a la marcha universal como una comparsa; guiadas por una misión. Y mientras pasaba observé catatónico, con la curiosidad en la garganta y la impotencia prendada a mí. Qué pequeño me sentí. No soy de los que crean en vida espacial pero esto no sólo era imposible, sino real. Luego observe resplandecer esas estrellas y apagarse  una a una. Por algún motivo desconocido sentí tristeza al verlo. Esos pequeños puntos en el cielo desaparecieron completamente con la luna casi fuera de vista. "Bueno, ¿supongo que sólo yo vi eso? Seguro es mi mente jugando conmigo". Entonces lo escuché: el estruendo meteórico de una explosión tan grande que había roto el vacío e inundado la tierra. El sonido casi me vuelve loco. Sentía como que todo lo que conocía era frágil e insignificante, y que así mismo, frágil e insignificante, desaparecería. Así como pasó con la luna... que ya estaba ahí, de vuelta, en el lugar de siempre. Me estrujé los ojos con fuerza. ¿Habrá sido todo un sueño? Pero mi corazón aún sentía el resonar imparcial. En aquel momento parecía el fin del mundo. Pero ya todo está en calma. Y miro al cielo con algo más en los ojos que mera fascinación, mientras la humanidad se pregunta: ¿realmente estamos solos?

domingo, 5 de febrero de 2012

Un mundo no mágico.


Vivo en un país curioso, perfecto en cada detalle. Junto al mar y la montaña y con planicies y valles. Es curvo y lleno de caminos convergentes y extensos; de tierra, gravilla y piedras los he hallado. Todos llevan a algún lugar. Tiene además fronteras que hacen mella consigo mismas. Supongo que más que un país es un mundo, un mundo con alma de mujer.

Hay pequeños detalles casi imperceptibles: las flores no son nunca de un solo color; debajo de sus pétalos puedes hallar nuevos tonos de colores secretos. Existe un solo sol que crea la más hermosa armonía cromática en un cielo que es a la vez claro y oscuro. Y las estrellas, ¡Oh, divinos héroes de piratas y corsarios!, ocultas e imposibles de ocultar, su luz es madura y sabia. El mar es el espejo en el que el universo se observa y he visto a la luna contemplarse coqueta. Los detalles son tan bellos que cuando duermo los contemplo nuevamente, en cercana calma, como una grabación congelada.

Pero hablemos de otros seres: millones, billones, criaturas con formas tan diversas y complejas, y tan simples aveces, como llaves únicas para una puerta nueva. Es un pasillo infinito de entradas en una armonía supranatural. Dudo que podamos entrar en todas, pero tal vez deba ser así. ¡Y lo mejor! La chispa de la vida, la semilla de un mundo que es en esencia eso, es absoluta e intransferible; como un mensaje increíblemente viejo que una vez escuchaste y que años más tarde llegas a comprender.

Todos los días tienen algo parecido: leyes físicas que se repiten, colores similares y distintos, dolores posibles y extintos, álbumes de recuerdo inmateriales, sonatas escritas y descritas, y música y poesía y canciones que no se escuchan. Y me pierdo tratando de describir todo lo bello, infinitamente bello.

Cada día llega la noche en un pestañeo fugaz, como una burla de la muerte y el fin. ¿Por qué no serán los días más largos? ¿Por qué no será mi vida más larga? ¿Será suficiente una vida dedicada a lo infinitamente bello o harán falta 2... 3... millones... billones de hombres como yo, capaces de ver lo que se oculta en la esquina olvidada del ojo: la magia de lo no mágico; la suerte de lo eterno.

viernes, 3 de febrero de 2012

Todo habitaba en él.



Graciosamente se encontraba muerto desde mucho antes de que llegara la ambulancia. Desde mucho antes de que le viera tendido un pobre borracho confundido. Desde antes de que la noche arropase los techos hundidos de la calle agolpada de pancartas y ruido. Se encontraba muerto desde antes del alba dorada, del rojo sopor del motor que pasaba en la madrugada anunciando que eran las seis. Incluso me atrevería a afirmar que se encontraba muerto desde mucho antes que eso. Tal vez cuando la caravana pasó agitando sus camellos, envolviendo sus pisadas en cuero y yeso y ocultándose en arena de lata. O antes aún, cuando galopante el caballero caballo reposaba en la aurora mojada. Hubo muchos que le vieron y otros que imaginaron verlo.

En realidad fue ayer, justamente ayer, antes del arribo ambulante, del seco visitante que murmuraba clementes burbujas de alcohol; antes de la calle agolpada de techos hundidos y de la noche y el alba dorada. Calló como caen las hojas otoñales: sin prisa y con una elegancia sin gravedad que, por más que la vemos y recordemos, siempre parece nueva. Y cuando calló se perdió entre plumas de ganso que no estaban y, mudo, falleció.

Así fue como pasó, en un tiempo antes del tiempo de hoy, con caballos y camellos y sin ruido. Con una triste canción que sólo él oía y que egoístamente jamás compartió, pero gracias a que todo lo recuerdo, al menos pueden saber que existió algo oculto y magnífico.

Conocemos por tanto la historia del pasado compungido, atrayente y colorido y (a veces) sin color. No es extraño que mencione a los camellos que agitaba en sus cabellos, ni al caballero que era su propio caballo y que en sus sueños galopaba y se perdía, y se perdió. Todo habitaba en él y todo, al caer, calló y se quebró para nunca más reconocerse.

martes, 31 de enero de 2012

El universo de sus botas.

Dedicado a la única, además de Davite, que ha podido conquistar el universo de sus botas. Mi reino, mi Trigal.


Introducción:
Aquella mañana Davite se percató de que había algo extraño con sus botas. Siempre habían sido ligeramente más grandes que sus pies, pero esta vez le parecía que estos flotaban estelarmente en un vacío cosmogónico. Comenzó a sentir miedo de usarlas y caer por el universo habitante en ellos, pues a veces, cuando las usaba, podía sentir el calor de las estrellas y la caricia de los gases flotantes en el eco abismal.
Así fue como comenzó a temerle a sus insondables botas, a la puerta entreabierta del armario en la oscuridad, al chirrido de la madera de la vieja casa, al vacío espeluznante debajo de su cama. Empezó a temerle porque se dio cuenta, desde muy joven e inocente, que todo ocultaba, así como sus botas, cosas inexplicables, seres indescriptibles, universos indefinidos que quizá, con algo de esfuerzo, tendría el valor de explorar ahora que tenía conciencia de ellos.
Davite pensó, meditó y visualizó. No debía dejarse dominar por el miedo, aunque fuera pequeña y débil, pues así como en lo supuestamente vacío e inerte existían mundos de indescifrables significados, entendió que su valor podría convertirse en un símbolo de poder y verdadera grandeza.
Observó con resolución la foto de quien más admiraba.
- Indiana, ¡no te defraudaré!
Y se prometió a sí misma el dominar el universo de sus botas, el habitar el armario y vivir con sus ocupantes, el encontrar y ayudar a lo que sea que causara los chirridos de su casa y el consumir en su ser el vacío espeluznante debajo de su cama.
Se prometió explorar todo lo que el universo tuviera para ella.

Capítulo 1:
Habían transcurrido ya 12 años desde el día que decidió ser una exploradora sin bandera, sin etiqueta, sin planeta incluso; pero Davite apenas recordaba dicha promesa.
 Algo salió extremadamente mal.
Si pudiera recordar, Davite  invocaría aquella vez en que calló por el universo de sus botas y flotó sin rumbo ¡por años! Bueno... no años, tal vez días... Bueno, pasaron más o menos 15 minutos, ¡pero en el vació el tiempo es muy subjetivo! 
Lamentablemente Davite no recordaba y se veía como una niña normal; demasiado normal; aterradoramente normal. Parecía que todas sus aventuras habían desaparecido de su memoria, como álbumes de fotos ocultos tras telarañas y años de quieta energía. ¿Por qué sus ojos se veían tan opacos y vacíos? Davite se sentía menos ella de lo quería y merecía. Estaba incompleta.
Este era un importante momento de su vida, y sería excelente para la historia que su natural resplandor aventurero volviera, porque al elegir tu carrera es buena idea ser tú, ya que si no eres tú, no deberías estar eligiendo la rama laboral de alguien más. Eso debería, en todo derecho, ser un delito capital. 
Pero volvamos a lo que nos concierne.
Davite debía seleccionar su carrera, pero ella no era demasiado ella en este momento. Las sugerencias de sus amigos de ser médica o abogada no sonaban tan mal para esos oídos no suyos y pudo todo haber terminado en este momento cuando, como una ráfaga de viento huracanado, sintió un temblor horrendo dentro del colectivo que se hallaba. El vehículo se detuvo mientras una escalera de gases oscuros emanaba del motor. 
Se levantó rápidamente y revisó que Nataly, Alicia y Sara (sus tres amigas de infancia) se encontraran a salvo. Extrañamente las tres habían perdido el conocimiento y se encontraban más bien dormitando en una suave respiración unísona que resoplaba en el interior del autobús.
Se acercó a la puerta y trató de abrirla sin mucho éxito. Miró por las ventanas; nada era verdaderamente visible. Empujó la salida de emergencia hasta lograr abrirla y salió instantáneamente al exterior, succionada por una fuerza invisible que le erizó la piel.
Se encontraba ahora en el exterior: un exterior envuelto en tinieblas, gases, planetas, estrellas, y en el que ahora se encontraban, flotando en un vacío místico e infinito, un autobús y una joven que no podía recordar.
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Pueden leer el capítulo 2 aquí.