Para usted, mi lector:
"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."
viernes, 3 de febrero de 2012
Todo habitaba en él.
Graciosamente se encontraba muerto desde mucho antes de que llegara la ambulancia. Desde mucho antes de que le viera tendido un pobre borracho confundido. Desde antes de que la noche arropase los techos hundidos de la calle agolpada de pancartas y ruido. Se encontraba muerto desde antes del alba dorada, del rojo sopor del motor que pasaba en la madrugada anunciando que eran las seis. Incluso me atrevería a afirmar que se encontraba muerto desde mucho antes que eso. Tal vez cuando la caravana pasó agitando sus camellos, envolviendo sus pisadas en cuero y yeso y ocultándose en arena de lata. O antes aún, cuando galopante el caballero caballo reposaba en la aurora mojada. Hubo muchos que le vieron y otros que imaginaron verlo.
En realidad fue ayer, justamente ayer, antes del arribo ambulante, del seco visitante que murmuraba clementes burbujas de alcohol; antes de la calle agolpada de techos hundidos y de la noche y el alba dorada. Calló como caen las hojas otoñales: sin prisa y con una elegancia sin gravedad que, por más que la vemos y recordemos, siempre parece nueva. Y cuando calló se perdió entre plumas de ganso que no estaban y, mudo, falleció.
Así fue como pasó, en un tiempo antes del tiempo de hoy, con caballos y camellos y sin ruido. Con una triste canción que sólo él oía y que egoístamente jamás compartió, pero gracias a que todo lo recuerdo, al menos pueden saber que existió algo oculto y magnífico.
Conocemos por tanto la historia del pasado compungido, atrayente y colorido y (a veces) sin color. No es extraño que mencione a los camellos que agitaba en sus cabellos, ni al caballero que era su propio caballo y que en sus sueños galopaba y se perdía, y se perdió. Todo habitaba en él y todo, al caer, calló y se quebró para nunca más reconocerse.
martes, 31 de enero de 2012
El universo de sus botas.
Dedicado a la única, además de Davite, que ha podido conquistar el universo de sus botas. Mi reino, mi Trigal.
Introducción:
Capítulo 1:
Introducción:
Aquella mañana Davite se percató de que había algo extraño con sus botas. Siempre habían sido ligeramente más grandes que sus pies, pero esta vez le parecía que estos flotaban estelarmente en un vacío cosmogónico. Comenzó a sentir miedo de usarlas y caer por el universo habitante en ellos, pues a veces, cuando las usaba, podía sentir el calor de las estrellas y la caricia de los gases flotantes en el eco abismal.
Así fue como comenzó a temerle a sus insondables botas, a la puerta entreabierta del armario en la oscuridad, al chirrido de la madera de la vieja casa, al vacío espeluznante debajo de su cama. Empezó a temerle porque se dio cuenta, desde muy joven e inocente, que todo ocultaba, así como sus botas, cosas inexplicables, seres indescriptibles, universos indefinidos que quizá, con algo de esfuerzo, tendría el valor de explorar ahora que tenía conciencia de ellos.
Davite pensó, meditó y visualizó. No debía dejarse dominar por el miedo, aunque fuera pequeña y débil, pues así como en lo supuestamente vacío e inerte existían mundos de indescifrables significados, entendió que su valor podría convertirse en un símbolo de poder y verdadera grandeza.
Observó con resolución la foto de quien más admiraba.
- Indiana, ¡no te defraudaré!
Y se prometió a sí misma el dominar el universo de sus botas, el habitar el armario y vivir con sus ocupantes, el encontrar y ayudar a lo que sea que causara los chirridos de su casa y el consumir en su ser el vacío espeluznante debajo de su cama.
Se prometió explorar todo lo que el universo tuviera para ella.
Capítulo 1:
Habían transcurrido ya 12 años desde el día que decidió ser una exploradora sin bandera, sin etiqueta, sin planeta incluso; pero Davite apenas recordaba dicha promesa.
Algo salió extremadamente mal.
Si pudiera recordar, Davite invocaría aquella vez en que calló por el universo de sus botas y flotó sin rumbo ¡por años! Bueno... no años, tal vez días... Bueno, pasaron más o menos 15 minutos, ¡pero en el vació el tiempo es muy subjetivo!
Lamentablemente Davite no recordaba y se veía como una niña normal; demasiado normal; aterradoramente normal. Parecía que todas sus aventuras habían desaparecido de su memoria, como álbumes de fotos ocultos tras telarañas y años de quieta energía. ¿Por qué sus ojos se veían tan opacos y vacíos? Davite se sentía menos ella de lo quería y merecía. Estaba incompleta.
Este era un importante momento de su vida, y sería excelente para la historia que su natural resplandor aventurero volviera, porque al elegir tu carrera es buena idea ser tú, ya que si no eres tú, no deberías estar eligiendo la rama laboral de alguien más. Eso debería, en todo derecho, ser un delito capital.
Pero volvamos a lo que nos concierne.
Davite debía seleccionar su carrera, pero ella no era demasiado ella en este momento. Las sugerencias de sus amigos de ser médica o abogada no sonaban tan mal para esos oídos no suyos y pudo todo haber terminado en este momento cuando, como una ráfaga de viento huracanado, sintió un temblor horrendo dentro del colectivo que se hallaba. El vehículo se detuvo mientras una escalera de gases oscuros emanaba del motor.
Se levantó rápidamente y revisó que Nataly, Alicia y Sara (sus tres amigas de infancia) se encontraran a salvo. Extrañamente las tres habían perdido el conocimiento y se encontraban más bien dormitando en una suave respiración unísona que resoplaba en el interior del autobús.
Se acercó a la puerta y trató de abrirla sin mucho éxito. Miró por las ventanas; nada era verdaderamente visible. Empujó la salida de emergencia hasta lograr abrirla y salió instantáneamente al exterior, succionada por una fuerza invisible que le erizó la piel.
Se encontraba ahora en el exterior: un exterior envuelto en tinieblas, gases, planetas, estrellas, y en el que ahora se encontraban, flotando en un vacío místico e infinito, un autobús y una joven que no podía recordar.
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Pueden leer el capítulo 2 aquí.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Murió el sueño y no lo vieron
Quisiera poder soñar
Pero el sueño murió,
ayer, o anteayer
en un mundo secreto;
nadie se enteró de su deceso,
pues ocupaban su tiempo en otros horizontes
muy alejados del sueño. Enajenados.
No le vieron sonreír y marchar
entre una nube de polvo amarillento
y vientos que surgían de ningún lugar,
adentrándose en la boca del destino
para no volver…
Y así como no vieron la muerte del
sueño,
Aquellos ojos fallecidos, que ya no
captan luz
dejaron de ver lo que sucedía
sumergidos en el vacío
de una modernidad sin recuerdo.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Isleño
En el mundo pasan tantas cosas, pero estamos tan lejos del mundo. Somos una pequeña isla, con una pequeña frontera, y pequeñas personas que, como hormigas, se pierden en la marea del trabajo y la insignificancia. Hace poco me di cuenta de que, independientemente de lo que pase en el mundo, la situación de esta elevación terrosa es propia, ausente, indistinta. Es una lástima que la globalización sea más un estado mental que un intercambio material, porque si no fuera lo segundo estaríamos en el tope evolutivo.
Atentamente,
Costelo, hijo de unas costas abandonadas; del mar contaminado; de la tierra malgastada; de la ausencia de intención; del tercermundismo filosófico y mental; de la carencia, sobre todo, de esperanza; de la falta de respeto; del insulto a la inteligencia; de los fantasmas inmortales de Santo Domingo; del mundo al que no se le permite ser parte.
Atentamente,
Costelo, hijo de unas costas abandonadas; del mar contaminado; de la tierra malgastada; de la ausencia de intención; del tercermundismo filosófico y mental; de la carencia, sobre todo, de esperanza; de la falta de respeto; del insulto a la inteligencia; de los fantasmas inmortales de Santo Domingo; del mundo al que no se le permite ser parte.
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