Para usted, mi lector:

"Y los ángeles etéreos rehuyeron a sus hermanos abismales y con hipócrita agonía arrancaron sus extremidades anadeantes y consumieron sus esperanzas de llegar algún día al lugar del que fueron echados como despojo divino. Lo bueno es que, aún en el fondo, pueden haber momentos plácidos."

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Leopoldo no tenía idea


Muchas personas lo hacen. Él simplemente siguió un instinto que le nació dentro y lo desarrolló de la única manera que sabía, escribiéndolo. Leopoldo Güernica tenía 39 años con 12 años de docencia como maestro de lengua y literatura; era uno de esos profesores que inspiraba a las personas y les encaminaba hacia objetivos importantes. Fuera de esto, Leopoldo no había logrado nada más, vivió con su madre hasta que ella falleciera, no se había casado, era más bien tímido cuando no practicaba docencia y le sudaban las manos a menudo. Nadie entiende de dónde Leopoldo sacó tal invento, ni qué magia poseía su creación.

Leopoldo escribió ciegamente por semanas, sin detenerse, parecía como si una fuerza de la cuarta dimensión le hubiera poseído y dado el don (Leopoldo también era fanático de la ciencia ficción) tal vez los extraterrestres le habían hecho algo, alterado algo, no se sentía él mismo. Comió lo mínimo que un hombre podía ingerir para no morir, no bebió ni una sola gota. Al final de esta extraña aventura, Leopoldo sufría de deshidratación y estaba tan flaco como una oveja trasquilada. Pero lo terminó.

Qué terminó, se preguntarán. Un libro que cambiaría el mundo. Leopoldo preparó varias copias del material y lo envió a una gran cantidad de editoras, algunas habían incluso desaparecido ya, y no recibió respuesta por dos largos años.

Leopoldo continuó su vida anterior, su vida que pareció no extrañar su ausencia, siguió inspirando a sus alumnos hacia el mundo de las letras y ya no recordaba aquel impulso primitivo que lo llevara a escribir ese enorme escrito.

El 23 de diciembre de 2012, Leopoldo fue sorprendido por una llamada. A Leopoldo no lo llamaban muy a menudo. Un sujeto le decía que habían elegido su libro para su impresión y difusión, que había ganado un premio internacional (en el que ni siquiera había participado) y que su nombre era mencionado enormemente en el mundo intelectual. Leopoldo no lo creía, pero de todas formas aceptó ir e investigar qué sucedía.

Pero todo parecía verdad, la editora era real y su libro atravesaría todos los mares y llegaría a millones, tal vez billones, de manos.

Así pasó, Leopoldo se convirtió en uno de los hombres más famosos del mundo, y todos hablaban de aquel libro. La guerra contra el medio oriente cesó de repente. El presidente de los Estados Unidos agradeció públicamente a Leopoldo por televisión internacional, dijo que su libro le había salvado de cometer un terrible error. En medio oriente, los atentados se marchitaron lentamente, la paz reinó, y aunque nadie dijo nada, el libro de Leopoldo se vendió como pan por esos lares. Le llamaban nuevo mecías, Leopoldo no tenía idea de a qué se referían.

Sin ninguna ceremonia, los continentes del mundo se unieron y formaron una supernación, donde cada individuo era tan importante como el otro; el ciudadano terrestre. El dinero corría por las calles, las artes se propagaban por doquier, los museos estaban repletos. Todos viajaban a todas partes y todos sonreían. Y en cada estate, escritorio, maleta o cartera había una copia del libro de Leopoldo.

Leopoldo fue invitado de honor a la nueva Organización de los Continentes Unidos; le llamaban el hacedor de paz. Leopoldo se sentía en un sueño, no porque fuera famoso (dios sabe que nunca deseó tal cosa) y excesivamente rico (pues Leopoldo sabía que el dinero viene y se va), sino porque el mundo, después de miles de años de incomprensión, era ahora tan blanco como claveles recién cortados. Todo por su libro, decían, la paz llegó a través de este libro. Pero Leopoldo no entendía cómo.

Diez años de paz pasaron y Leopoldo entró en su modesta, pero muy acogedora, casa. Besa a su esposa, una dulce dama que conoció hace ya siete años, y la ve igual de hermosa que siempre. Sus ojos brillaban con juventud, aunque su piel perdía cada día algo de color (no así sus mejillas) y sus ojos se arrugan dulcemente cuando sonreía. La juventud nunca debe dejarse escapar sino, más bien, atesorar en lo profundo de tus ojos, para que se refleje siempre hacia el exterior como un gran faro en la peor de las tormentas. Para que nada se pierda. Es sorprendente la cantidad de personas que derrochan su juventud, dejándola escapar sin control por las cañerías que llaman ojos.

Leopoldo se sentó en su escritorio, su libro estaba frente a él, miró la portada y su diseño psicodélico, idea de la editora. La portada recitaba “El libro de la paz”, pero Leopoldo ni siquiera recordaba haberle colocado tal título. Hojeó las primeras páginas y no encontraba nada de si en ellas. Lo llevó al patio, agradeció, casi rezó, y lo quemó.

Leopoldo vivió muchos años y fue recordado como “El emisario de la paz” en occidente, como “El nuevo mesías” en oriente, pero nadie lo recordó como Leopoldo, un hombre solitario, simple y optimista que un día sintió la necesidad de escribir un libro que no le pertenecía y que hasta el último día de su vida enseñó a tener constancia y a amar las letras.

Y el mundo cambió para siempre... O hasta que otro estúpido decida meter la pata.


Fin
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